Chapter 7: Mi nuera había abierto el expediente de mi esposo a escondidas
—¿Tú solicitaste el expediente de mi papá? —preguntó Daniel, con una voz tan fría que Lauren comenzó a temblar.
Ella asintió, aferrándose al teléfono.
—Sí. Pero tienes que dejarme explicarte por qué.
—Te escucho.
—La solicitud llevaba mi firma. Yo pedí que abrieran el expediente, pero el documento que entregué decía que tú me autorizabas a consultar los antecedentes familiares. Mi papá me aseguró que era un trámite necesario para cerrar la operación.
Daniel soltó una risa amarga.
—¿Y también te aseguró que podías utilizar mi nombre sin preguntarme?
—¡Yo no sabía que estaban falsificando documentos!
—Pero sí sabías que querían vender la casa de mi mamá.
Lauren bajó los ojos.
—Sí.
La respuesta fue tan sencilla que sentí ganas de levantarme y pedirle que se marchara.
Había pasado la noche anterior creyendo que mi mayor problema era una bofetada. Ahora estaba sentada en mi propia sala, escuchando cómo la mujer que había humillado mi dignidad admitía que había intervenido en un expediente relacionado con mi esposo muerto.
Y todavía no sabíamos qué contenía.
—¿Qué encontraste? —pregunté.
Lauren me miró.
—Una copia de un acuerdo antiguo y una carta que mencionaba el nombre de mi papá. Había documentos que no entendí. Por eso empecé a sospechar que me había mentido.
Daniel cruzó los brazos.
—¿Cuándo descubriste eso?
—Hace una semana.
—¿Una semana? ¿Y te casaste conmigo sin decirme nada?
—¡Quería hablar contigo!
—Tuviste semanas para hacerlo.
Lauren se llevó las manos a la cara.
—Mi papá me amenazó, Daniel. Me dijo que, si revelaba lo que sabía, me acusaría de participar en sus operaciones financieras. Tengo mensajes, correos y transferencias a mi nombre. Algunas son legítimas, pero otras no sé cómo justificarlas.
Daniel no mostró compasión inmediata.
—Entonces debiste buscar ayuda legal. No involucrar más a mi familia.
—Lo sé.
—Deja de decir que lo sabes. Necesito que me digas exactamente qué hiciste.
Lauren respiró hondo.
Contó que Ernesto le había pedido acudir a una oficina de archivo notarial situada en otra zona de la ciudad. Le entregó una carpeta con una autorización y le explicó que debía solicitar copias de ciertos documentos antiguos relacionados con una propiedad familiar.
Según él, Rafael había participado en una negociación de terrenos muchos años atrás y había dejado algunos derechos pendientes.
—Me dijo que esos papeles podían resolver parte de sus problemas financieros —explicó Lauren—. No me habló de la firma falsificada ni de una deuda a nombre de Daniel. Solo dijo que necesitaba comprobar quién tenía derecho sobre la propiedad.
—¿Y por qué utilizaste mi nombre? —preguntó Daniel.
Lauren apretó los labios.
—Porque tu papá aparece en los antecedentes y porque yo no tenía relación directa con él. Mi papá me entregó la autorización. Dijo que tú la habías aprobado y que solo necesitaba presentarla.
—¿La leíste?
—Sí.
—¿Y no te pareció extraño que yo te autorizara a consultar documentos de un hombre muerto sin siquiera mencionártelo?
Lauren comenzó a llorar.
—No pensé con claridad. Mi papá llevaba meses diciéndome que todo estaba a punto de resolverse. Me repetía que, si cooperaba, podría salvar la empresa y proteger a nuestra familia.
—¿Nuestra familia? —repitió Daniel—. ¿O su dinero?
Lauren no contestó.
En ese momento, el teléfono de Daniel vibró.
Era el licenciado Arturo Beltrán.
Mi hijo contestó y activó el altavoz.
—Licenciado, Lauren acaba de admitir que fue ella quien solicitó la consulta del expediente.
—Eso coincide con el registro preliminar —respondió Arturo—. Necesito que ambos me escuchen. La persona que presentó la solicitud fue identificada mediante sus propios datos, pero adjuntó una autorización que, al parecer, provenía de otra persona. Eso debe verificarse antes de sacar conclusiones.
—¿Puede conseguir una copia de lo que entregó? —preguntó Daniel.
—Ya solicité la conservación del expediente y las copias disponibles. No puedo garantizar que me permitan obtenerlo hoy, pero he pedido que no se altere ni se retire ningún documento mientras se revisa la solicitud.
Lauren levantó la cabeza.
—Licenciado, ¿todavía está ahí la carta?
Arturo hizo una pausa.
—¿Qué carta?
Ella miró a Daniel y después a mí.
—Una carta con el nombre de Rafael. Decía que ciertos derechos sobre la propiedad debían conservarse hasta que se resolviera un asunto pendiente.
El abogado dejó de hablar durante unos segundos.
—¿Recuerda las palabras exactas?
—No. Pero había una frase subrayada: «Ninguna de las partes podrá disponer del inmueble hasta que se identifique al beneficiario legítimo».
Daniel me miró.
Yo sentí que el pecho se me encogía.
—¿Qué significa eso? —pregunté.
—Todavía no lo sé, señora —respondió Arturo—. Pero podría ser relevante para entender por qué alguien está intentando utilizar su propiedad en una operación financiera.
Daniel apoyó una mano sobre la mesa.
—¿Y el nombre de Samuel Ortega? ¿Aparecía en el documento?
Lauren asintió.
—Sí. Había una referencia a su notaría y a un número de expediente.
Arturo respiró profundamente.
—Entonces necesitamos localizar el original cuanto antes.
—¿Puede acompañarnos? —preguntó Daniel.
—Los espero en mi despacho en una hora. Pero les advierto algo: si estos documentos están relacionados con una operación financiera en curso, no conviene avisarle a nadie más hasta que tengamos copias verificadas.
La llamada terminó.
Daniel se quedó mirando a Lauren.
—Vas a venir con nosotros y vas a explicar todo lo que hiciste.
Ella negó lentamente.
—No puedo ir.
—¿Por qué?
—Porque mi papá sabe que estoy aquí.
Daniel frunció el ceño.
—¿Cómo podría saberlo?
Lauren miró el teléfono que sostenía entre las manos.
—Porque me ha estado siguiendo desde ayer.
El silencio volvió a apoderarse de la sala.
—¿Qué quieres decir con que te está siguiendo? —pregunté.
Lauren desbloqueó el teléfono y nos mostró varios mensajes.
El primero había llegado a las siete de la mañana.
«Quiero saber dónde estás. Tenemos asuntos pendientes».
El segundo, una hora después, decía:
«No hables con Daniel sobre el archivo».
El tercero era más reciente.
«Si entregas esos documentos, no podré protegerte de lo que venga».
Daniel tomó el teléfono y revisó las fechas.
—¿Por qué no me enseñaste esto antes?
—Porque pensé que todavía podía arreglarlo con él.
—¿Arreglar qué?
Lauren tragó saliva.
—Lo que hice.
Entonces se levantó y caminó hasta la ventana. Permaneció mirando la calle unos segundos antes de volverse hacia nosotros.
—Hay algo más que no les he contado. Cuando mi papá me pidió que abriera el expediente, me dio una instrucción muy específica. Debía encontrar cualquier documento que mencionara a Rafael Serrano y fotografiarlo. No debía pedir copias de nada más.
—¿Y lo hiciste? —preguntó Daniel.
—Sí.
—¿Tomaste fotografías?
Lauren asintió.
Abrió una carpeta en su teléfono y buscó entre las imágenes.
Aparecieron hojas de papel, sellos, números de registro y párrafos legales que no entendimos a primera vista.
Después encontró una fotografía tomada de cerca.
En ella aparecía una carta firmada por Rafael.
Reconocí su letra antes de leer el texto.
Era inconfundible. Mi esposo inclinaba ligeramente las letras hacia la derecha y siempre trazaba la última línea de su firma con un movimiento firme.
Me acerqué a la pantalla.
La carta decía que, años atrás, Rafael había entregado una cantidad de dinero para participar en la adquisición de un terreno junto con otras personas. El acuerdo contemplaba que los participantes recibirían sus derechos correspondientes cuando se completara el proyecto.
Pero el proyecto nunca se había concretado.
Al final, mi esposo había añadido una nota manuscrita:
«Guadalupe no debe verse involucrada en esta operación. La casa donde vive con nuestro hijo no forma parte de ningún acuerdo y no deberá utilizarse como garantía, directa o indirectamente».
Se me doblaron las rodillas.
Daniel me sostuvo por el brazo.
—Mamá, siéntate.
No podía dejar de mirar la pantalla.
Rafael había escrito mi nombre.
Mi esposo había querido protegerme de algo.
Y, sin embargo, alguien estaba usando su nombre para intentar hacer exactamente lo contrario.
—¿Por qué no me contó esto? —susurré.
Daniel no respondió.
Lauren dejó el teléfono sobre la mesa.
—Mi papá me dijo que Rafael había sido parte de una inversión y que, después de su muerte, algunos derechos habían quedado sin resolver. Me aseguró que todo era legal y que la propiedad de su mamá estaba relacionada con el acuerdo.
—¿Por qué? —preguntó Daniel.
—Dijo que el terreno había cambiado de valor y que existía una forma de recuperar dinero.
Mi hijo señaló la última línea de la carta.
—Aquí dice que esta casa no formaba parte de ningún acuerdo.
Lauren asintió.
—Lo sé. Por eso empecé a desconfiar de él.
—¿Y qué hiciste cuando lo descubriste?
Ella bajó la cabeza.
—Le pregunté. Se enfureció. Me dijo que no entendía el documento y que debía olvidar lo que había leído.
—Pero no lo olvidaste.
—No.
Daniel permaneció en silencio unos segundos.
Después tomó las llaves del automóvil.
—Nos vamos al despacho de Arturo.
Lauren se puso de pie.
—¿Puedo llevarme mi teléfono?
Daniel la miró con desconfianza.
—Es tuyo. Pero no borres nada.
—No voy a hacerlo.
Cuando salimos, recibí una llamada de un número desconocido.
Contesté por instinto.
—¿Bueno?
Una voz masculina, envejecida y cansada, preguntó:
—¿Hablo con la señora Guadalupe Serrano?
—Sí. ¿Quién habla?
—Mi nombre es Samuel Ortega. Necesito verla hoy mismo.
Me detuve en la entrada.
Daniel se volvió al notar que ya no caminaba.
—¿Quién es, mamá?
Le hice una señal para que esperara.
—¿Usted es el notario que conoció a mi esposo?
El hombre guardó silencio un momento.
—Sí, señora. Y acabo de recibir noticias de que alguien está intentando abrir un expediente que debía permanecer bajo resguardo.
Sentí que el corazón me golpeaba las costillas.
—¿Qué expediente?
—El de Rafael Serrano. Tengo documentos que debí entregarle hace muchos años, pero su esposo me pidió que esperara hasta que pudiera verificar una condición muy específica.
—¿Qué condición?
La respuesta me dejó inmóvil.
—Que alguien intentara reclamar la casa usando su nombre o el de su hijo.
Miré a Daniel.
Mi hijo había escuchado las últimas palabras.
—Pregúntele qué necesita para demostrarlo —me pidió en voz baja.
Volví al teléfono.
—¿Qué debemos hacer?
—Vengan a mi oficina. Pero no vengan solos, y no le digan al señor Ernesto Valdés dónde nos reuniremos.
Samuel me dio una dirección y colgó.
Daniel me miró con el rostro endurecido.
—Papá sabía que alguien podía intentar hacer esto.
No supe qué contestar.
Porque, por primera vez, la carta de Rafael ya no parecía una simple advertencia.
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Parecía el inicio de una verdad que había esperado nueve años para salir a la luz.
Y si Samuel Ortega tenía los documentos originales, quizá descubriríamos por qué mi esposo había temido tanto que alguien se acercara a nuestra casa.
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