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Chapter 2: La grabación que reveló por qué Vanessa quería casarse conmigo

La voz de Vanessa continuó sonando en el teléfono, y cada palabra me hizo sentir como si alguien estuviera arrancándome pedazos del pecho.

—Daniel cree que todo esto es por amor —decía en la grabación—. Cuando firmemos, no va a sospechar nada.

Hubo un silencio.

Después, una voz masculina preguntó:

—¿Estás segura de que aceptará las condiciones?

Vanessa soltó una risita.

—Daniel siempre hace lo que cree que es correcto. Solo tengo que decirle que es lo mejor para el bebé y para Noah.

El hombre respondió algo que no se alcanzó a escuchar.

Vanessa se acercó al teléfono que estaba grabando.

—No te preocupes. Después de la boda, tendré acceso a todo. La casa, las cuentas y los documentos que necesito.

Sentí que las manos comenzaban a temblarme.

Mi casa.

Mis cuentas.

Los documentos.

Aquello no era una mentira sentimental. No era una mujer que hubiera fingido un embarazo por miedo a perder a su pareja.

Era un plan.

Un plan que había sido diseñado para aprovecharse de mí.

Detuve el video.

—¿Qué documentos? —pregunté.

Vanessa se pasó ambas manos por el cabello.

—Daniel, escúchame. Estás sacando las cosas de contexto.

—¿Qué documentos?

—Eran papeles de la boda.

—¿Los papeles de la boda dicen que vas a tener acceso a mis cuentas bancarias?

Ella se quedó callada.

Mi madre se acercó a la mesa y dejó su teléfono junto al mío.

—Daniel, llama a tu abogado.

Vanessa soltó una carcajada nerviosa.

—¡Esto es ridículo! ¡No pueden convertir una conversación privada en un juicio!

—No es un juicio —respondió Eleanor—. Es una familia que acaba de descubrir que has estado mintiéndole.

Vanessa la miró con desprecio.

—Usted nunca me quiso.

—Te recibí en mi casa, te senté a mi mesa y te traté como a una hija. No confundas mi preocupación por mi hijo con una obligación de tolerar tus mentiras.

Vanessa abrió la boca para contestar, pero yo levanté una mano.

—Quiero saber qué está pasando. Y esta vez no vas a salirte por la tangente.

Ella se dejó caer en el sofá.

Durante unos segundos, pareció recuperar la compostura.

—Está bien. No estaba embarazada. Ya lo sabes. Pero no significa que no te ame.

La miré sin reconocer a la mujer que tenía enfrente.

—¿Cómo puedes decirme eso después de todo lo que acabo de escuchar?

—Porque es verdad.

—¿Y por qué fingiste un embarazo?

Vanessa respiró hondo.

—Tenía miedo.

—¿De qué?

—De que nunca me vieras como parte de tu familia. Siempre hablabas de Laura, de lo que hacían juntos, de lo mucho que extrañabas esa época. Yo necesitaba sentir que también teníamos algo nuestro.

Por un instante, sentí una punzada de tristeza.

Conocía aquella inseguridad. Vanessa había mencionado muchas veces que le preocupaba vivir a la sombra de mi primera esposa.

Pero una cosa era sentirse insegura y otra muy distinta era construir una mentira de semejante tamaño.

—Podrías haberme hablado —dije—. Podrías haberme dicho que tenías miedo.

—¿Y qué habrías hecho? ¿Dejarme?

—No lo sé. Pero habría tenido la oportunidad de conocerte de verdad.

Ella comenzó a llorar otra vez.

—Yo quería darte un hijo.

—No querías darme un hijo. Querías que creyera que ya me lo habías dado.

Vanessa se levantó bruscamente.

—¡No entiendes la presión que tenía!

—¿La presión de quién?

No contestó.

Miré el teléfono.

—¿Quién es el hombre del video?

—Un conocido.

—Dame su nombre.

—No voy a hacerlo.

—Entonces se acabó la conversación.

Tomé mi celular y marqué el número de Martín, el abogado que había llevado los asuntos de mi familia desde que murió Laura.

Contestó al segundo tono.

—Daniel, ¿todo bien?

Miré a Vanessa.

—Necesito que vengas a mi casa. Ahora. Hay algo muy serio que debes revisar.

—¿Qué pasó?

—Una persona ha estado intentando conseguir acceso a mis bienes mediante documentos que no comprendo del todo. Y hay un menor involucrado.

La voz de Martín cambió.

—No firmes nada. No permitas que nadie se lleve documentos y guarda cualquier evidencia. Voy para allá.

Colgué.

Vanessa se quedó mirándome con una expresión de incredulidad.

—¿De verdad vas a involucrar abogados?

—Sí.

—¿Por una mentira?

—Por lo que hay detrás de ella.

Mi hermana se acercó a Noah.

—Ven, campeón. Vamos a sentarnos en la cocina.

Pero el niño se aferró a mi camisa.

—No quiero quedarme solo con ella.

Sentí que algo se quebraba dentro de mí.

Noah siempre había sido un niño cariñoso, pero desde que Vanessa se mudó a nuestra casa, había comenzado a comportarse de manera extraña.

Dejó de invitar a sus amigos.

Ya no quería dormir en su habitación.

A veces se despertaba llorando y aseguraba que había escuchado pasos en el pasillo.

Yo había atribuido todo aquello al cambio familiar y a los nervios por la boda.

Ahora comprendía que quizá había estado pidiendo ayuda de la única forma que sabía.

Me agaché para quedar a su altura.

—No vas a quedarte solo con nadie si no te sientes seguro. Te lo prometo.

Noah asintió, pero no me soltó.

Vanessa observó la escena con una expresión dura.

—Estás convirtiéndolo en tu enemigo.

Me incorporé lentamente.

—No. Tú lo hiciste cuando decidiste que era un problema que tenías que resolver.

—¡Yo jamás le haría daño!

—Entonces explícame por qué dijo que no quería quedarse contigo.

Vanessa se quedó callada.

Por primera vez desde que todo había estallado, pareció no encontrar una respuesta preparada.

Mi madre acompañó a Noah a la cocina y le preparó un vaso de agua. Rachel se quedó conmigo, mientras Vanessa caminaba de un lado a otro de la sala.

—Daniel, si cancelas la boda, no podrás recuperar lo que hemos invertido —dijo de pronto.

La miré con incredulidad.

—¿Eso es lo que te preocupa?

—Hemos pagado depósitos. Hemos contratado un salón. Mandamos invitaciones.

—Mi hijo acaba de mostrarme un video donde dices que quieres deshacerte de él y tú estás hablando del salón.

Vanessa apretó los labios.

—No dije que quisiera hacerle daño.

—Dijiste que ya estaba arreglado.

—Era una forma de hablar.

—¿De qué estabas hablando, entonces?

Ella bajó la mirada.

En ese momento sonó el timbre.

Martín había llegado.

Entró con su maletín, saludó brevemente a mi madre y me pidió que le explicara todo desde el principio.

Le mostré el globo desinflado, los videos y los documentos que Vanessa había dejado en la habitación.

Martín escuchó sin interrumpirme.

Después pidió ver la grabación completa.

La reprodujo dos veces.

Cuando terminó, se quedó mirando la pantalla.

—Necesito revisar algo —dijo.

Abrió su maletín y sacó una carpeta que reconocí de inmediato.

Era el borrador del acuerdo patrimonial que Vanessa me había pedido firmar tres semanas antes.

Me había dicho que era un documento rutinario para organizar nuestros bienes antes del matrimonio. Yo había aceptado que Martín lo revisara, pero nunca había firmado la versión definitiva.

—Daniel —dijo el abogado—, ¿Vanessa te explicó que este acuerdo incluía una autorización para administrar ciertos bienes en tu nombre?

—Me dijo que era para facilitar los trámites después de casarnos.

Martín negó lentamente con la cabeza.

—No es exactamente eso.

Colocó el documento sobre la mesa y señaló una cláusula.

Vanessa se acercó.

—Eso no tiene nada que ver con el embarazo.

—Deja que termine —respondió Martín.

La cláusula establecía que, bajo determinadas condiciones, Vanessa podría actuar como representante en la administración de ciertos bienes familiares. No le entregaba automáticamente toda mi fortuna, pero sí le habría permitido intervenir en decisiones que yo nunca habría autorizado de haber entendido el alcance real.

—Esta versión no está firmada —dijo Martín—. Pero hay otra cosa que me preocupa.

Sacó una segunda hoja.

Era una autorización para solicitar información sobre la situación financiera de mi familia.

La firma que aparecía al final se parecía a la mía.

Demasiado.

La observé de cerca.

—Yo no firmé esto.

Vanessa palideció.

—Daniel…

—¿Quién firmó mi nombre?

—No lo sé.

Martín guardó el documento en una funda transparente.

—No vamos a sacar conclusiones antes de verificarlo. Pero debemos conservarlo y determinar de dónde salió.

Vanessa comenzó a llorar con más fuerza.

—¡Todo esto es un malentendido!

Martín ni siquiera la miró.

—Eso tendrán que aclararlo las pruebas.

Yo me senté lentamente.

No podía dejar de pensar en el video, en el hombre que aparecía junto a ella y en la tranquilidad con la que hablaban de mi hijo.

—Quiero saber quién es ese hombre —dije.

Vanessa se secó las lágrimas.

—Se llama Richard.

—¿Richard qué?

Ella dudó.

—Richard Collins.

Martín levantó la mirada.

Fue un gesto pequeño, pero lo noté.

—¿Lo conoces? —le pregunté.

El abogado cerró la carpeta.

—He escuchado ese nombre en relación con una disputa patrimonial, pero no quiero afirmar nada sin revisar los antecedentes.

Vanessa retrocedió un paso.

—No tienen derecho a investigar a mis amigos.

—No estamos investigando a tus amigos —dije—. Estamos intentando averiguar por qué alguien que vive en mi casa aparece hablando contigo de documentos y de mi hijo.

Martín me pidió que guardara copias de todos los videos y que evitara confrontar a Richard hasta saber más.

Después se dirigió a Vanessa.

—Por ahora, no firmes ni destruyas ningún documento relacionado con estos asuntos. Si existe una explicación legítima, tendrás oportunidad de darla.

Ella lo miró con odio.

—No necesito que me amenace.

—No te estoy amenazando. Te estoy diciendo que esto es serio.

Vanessa tomó su bolso.

—Me voy.

—¿Adónde? —pregunté.

—A un hotel. Necesito estar lejos de todos ustedes.

—Está bien. Pero no te lleves documentos de esta casa.

Ella soltó una risa amarga.

—Después de todo lo que hice por ti, ¿así me tratas?

La miré durante un largo instante.

—Todavía no sé qué hiciste por mí y qué hiciste para conseguir algo de mí.

Aquella frase la dejó inmóvil.

Por un segundo, vi algo parecido al miedo cruzar su rostro.

Luego se dio la vuelta y salió de la casa.

Cuando la puerta se cerró, sentí que mis piernas perdían fuerza.

Me senté en el sofá y me cubrí la cara con las manos.

Martín se quedó conmigo unos minutos, explicándome los pasos que debíamos seguir.

Pero mi mente estaba en otra parte.

Estaba pensando en Noah.

En las noches en que había querido dormir conmigo.

En las veces que me había preguntado si Vanessa se quedaría con nosotros para siempre.

En aquella ocasión, dos semanas atrás, cuando lo encontré escondido en el clóset y me dijo que solo estaba jugando.

¿Cómo no había visto su miedo?

Cuando Martín se fue, entré en la cocina.

Noah estaba sentado junto a mi madre, sosteniendo un vaso de agua entre ambas manos.

Me acerqué y me arrodillé frente a él.

—Campeón, necesito que me digas algo. ¿Vanessa te amenazó?

Noah miró a mi abuela, luego a mí.

—Me dijo que si hablaba, tú ibas a dejarme.

Sentí una punzada en el pecho.

—¿Dejarte?

Él asintió.

—Dijo que cuando naciera el bebé, tú ibas a querer estar con él y que yo tendría que irme a vivir a otro lugar.

Me costó respirar.

—Eso nunca iba a pasar.

—También dijo que tú ya habías firmado unos papeles.

Mi madre se llevó una mano a la boca.

—¿Qué papeles, mi niño?

Noah apretó el vaso.

—No sé. Pero una vez escuché a Vanessa decir que pronto yo ya no iba a vivir aquí.

Lo abracé.

Él se aferró a mi cuello y lloró con una desesperación que me hizo sentir vergüenza de mí mismo.

Había pasado seis meses preparando una boda.

Y durante esos mismos seis meses, mi hijo había vivido con miedo dentro de su propia casa.

—Perdóname —susurré—. Perdóname por no haberme dado cuenta.

Noah lloró contra mi hombro.

—Yo intenté decirte, papá.

Cerré los ojos.

—Lo sé. Debí escucharte.

Nos quedamos abrazados hasta que comenzó a tranquilizarse.

Después me aparté lo suficiente para mirarlo.

—Me dijiste que había otro video.

Noah asintió.

Sacó el teléfono de mi bolsillo y abrió una carpeta que no había visto antes.

Dentro había un archivo con fecha de dos semanas atrás.

—Este lo grabé en el pasillo —explicó—. Vanessa no sabía que yo estaba ahí.

Presioné reproducir.

La imagen era oscura y se escuchaba el ruido de la televisión desde la sala.

Vanessa hablaba por teléfono.

—No, todavía no. Daniel sospecharía si lo hacemos antes de la boda.

Pausa.

—Sí, ya sé que el niño es un obstáculo. Pero no podemos cometer errores.

Otra pausa.

Después dijo algo que me hizo sentir que la sangre abandonaba mi rostro.

—Cuando tenga la custodia temporal, será mucho más fácil.

El teléfono casi se me resbaló de las manos.

¿Custodia temporal?

¿De qué estaba hablando?

Entonces escuché una voz al otro lado de la llamada.

Era un hombre.

Y reconocí su nombre cuando Vanessa respondió.

—Richard, te dije que yo me encargaría de Daniel. Tú solo consigue que el juez vea a Noah como un niño inestable.

La grabación terminó.

Me quedé mirando la pantalla, incapaz de moverme.

Mi hijo apoyó la cabeza contra mi brazo.

—Papá, ¿me van a llevar?

Lo abracé con todas mis fuerzas.

—No voy a dejar que nadie te haga daño.

Pero mientras pronunciaba aquellas palabras, comprendí algo aterrador.

Vanessa no solo había fingido estar embarazada.

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También parecía haber estado preparando el camino para quitarme a mi hijo.

Y si había un hombre dispuesto a ayudarla a hacerlo, significaba que aquello llevaba mucho más tiempo planeándose de lo que yo podía imaginar.

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