Chapter 8: La mentira de Tasha era mucho más grande de lo que todos imaginaban
Acepté reunirme con Carlos.
No porque quisiera volver.
No porque todavía esperara recuperar lo perdido.
Acepté porque necesitaba saber toda la verdad.
Había pasado demasiado tiempo viviendo dentro de una historia escrita por otras personas.
Esta vez yo iba a escuchar cada página.
Nos encontramos en un parque tranquilo.
Carlos parecía diferente.
Más cansado.
Más pequeño.
Ya no era el hombre que entraba a la casa con una sonrisa fingiendo que todo estaba bien.
Era alguien que finalmente veía las consecuencias de sus decisiones.
—Gracias por venir.
Me senté frente a él.
—Habla.
Carlos respiró profundo.
—Tasha no me buscó por amor.
No dije nada.
Esperé.
—Ella necesitaba algo de mí.
—¿Qué?
Carlos miró hacia el suelo.
—Dinero.
No me sorprendió completamente.
Pero sí me dolió.
—Explícate.
—Cuando ella se enteró de mis problemas financieros, me dijo que podía ayudarme.
—¿Ayudarte?
Solté una risa sin humor.
—¿Y a cambio?
Carlos cerró los ojos.
—A cambio de que empezáramos una nueva vida juntos.
Negué lentamente.
—Entonces los dos estaban usando al otro.
No respondió.
Porque era verdad.
—¿Cuándo empezó?
Carlos tardó en contestar.
—Antes del hotel.
La misma frase que había escuchado en el mensaje.
Antes del hotel.
—Quiero saber todo.
Él asintió.
—Tasha empezó acercándose cuando las cosas entre nosotros estaban difíciles.
Recordé esos meses.
Yo había estado preocupada por Maya.
Por el trabajo.
Por la casa.
Nunca imaginé que mientras yo intentaba mantener todo unido, alguien más estaba esperando una oportunidad.
—Ella sabía que estábamos pasando por problemas.
—¿Cómo?
Carlos bajó la mirada.
—Porque yo le conté cosas.
Sentí enojo.
—Le diste información sobre nuestra familia.
—Sí.
No intentó negarlo.
Y eso fue peor.
—Le hablaste de mí como si yo fuera una extraña.
—Lo siento.
—No sabes cuánto daño hiciste.
Carlos asintió.
Pero antes de que pudiera decir algo más, recibió una llamada.
Miró la pantalla.
Su expresión cambió.
—Es Tasha.
No contestó.
Pero segundos después llegó un mensaje.
Lo leyó.
Y se quedó pálido.
—¿Qué pasa?
Me mostró el teléfono.
El mensaje decía:
“Si hablas, los dos perdemos.””
Sentí un escalofrío.
—Ella te está amenazando.
Carlos negó.
—No sé qué quiere decir.
Pero yo sí empezaba a entender.
Tasha no estaba actuando por arrepentimiento.
Estaba intentando controlar la situación.
Esa misma tarde fui a buscarla.
Cuando abrió la puerta y me vio, no parecía sorprendida.
Como si supiera que tarde o temprano llegaría.
—¿Qué quieres?
—La verdad.
Ella sonrió con tristeza.
—¿Todavía quieres más?
—Sí.
Entré solo cuando ella se hizo a un lado.
La casa estaba desordenada.
Había cajas sobre el sofá.
Como si alguien estuviera preparándose para irse.
—¿Te ibas?
Tasha no respondió.
—¿A dónde?
Silencio.
Entonces entendí.
Ella también estaba escapando.
—Tasha.
La miré directamente.
—¿Alguna vez te importó Maya?
Esa pregunta la golpeó.
Por primera vez vi culpa en su rostro.
—No quería hacerle daño.
—Pero se lo hiciste.
Bajó la mirada.
—Lo sé.
Esa pequeña admisión me sorprendió.
—Entonces dime por qué.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Porque sentí que si todo salía mal, iba a perderlo todo.
—¿Y decidiste hacer sufrir a una niña?
Ella no respondió.
Porque no había respuesta correcta.
Entonces abrió un cajón.
Sacó una carpeta.
—Hay algo que tienes que ver.
La dejó sobre la mesa.
Dentro había fotografías.
Documentos.
Conversaciones impresas.
Pero esta vez no eran de Carlos.
Eran de alguien más.
Alguien que yo no esperaba.
—¿Quién es esta persona?
Tasha tomó aire.
—Mi hermana.
Fruncí el ceño.
—¿Tu hermana?
Asintió.
—Ella fue quien me ayudó a planear todo.
Sentí que mi cuerpo se tensaba.
—¿Hay alguien más involucrado?
Tasha cerró los ojos.
—Sí.
—¿Quién?
Antes de responder, escuchamos un golpe en la puerta.
Tasha se quedó congelada.
La persona del otro lado habló.
—Tasha, sé que estás ahí.
Su rostro cambió completamente.
Ya no parecía una mujer culpable.
Parecía una mujer aterrada.
Me miró.
—Tienes que irte.
—¿Quién es?
No respondió.
La puerta volvió a sonar.
Más fuerte.
Y entonces escuché una voz.
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Una voz que reconocí.
Era alguien de mi propia familia.
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