Calm

Chapter 4: La mujer de la fotografía conocía el último secreto de mi esposo

La mujer que aparecía sentada frente a Richard en aquella fotografía me llamó a las seis de la mañana, antes de que yo siquiera hubiera conseguido reunir el valor para buscarla.

No sabía quién era.

No sabía por qué había estado con mi esposo pocos días antes de su muerte.

Y, sobre todo, no sabía cómo había conseguido mi número.

El teléfono vibró sobre la mesa de noche. Miré la pantalla y encontré un número desconocido. Estuve a punto de rechazar la llamada, pero recordé el mensaje que había recibido la tarde anterior.

«Deja de buscar cosas que no te corresponden».

Contesté.

—¿Bueno?

Al otro lado hubo un silencio prolongado.

—¿Es usted Elena Vargas?

Me incorporé de inmediato.

—Sí. ¿Quién habla?

—Mi nombre es Patricia Salgado. Necesito verla. Se trata de Richard.

Sentí un escalofrío.

—¿Usted es la mujer de la fotografía?

La respiración de Patricia se volvió irregular.

—Sí. Y hay algo que debí contarle desde hace mucho tiempo.

Me levanté de la cama y caminé hasta la ventana. La luz del amanecer apenas comenzaba a iluminar las casas vecinas.

—¿Qué sabe de mi esposo?

—Sé que estaba preocupado por sus hijos. Sé que descubrió algo sobre su madre. Y sé que, antes de morir, intentó proteger a su familia de una situación que usted todavía desconoce.

Apreté el teléfono.

—¿Está diciendo que mi suegra tuvo algo que ver con su muerte?

—No. No estoy diciendo eso. No tengo pruebas de que Diane haya provocado el accidente, y no voy a acusarla de algo tan grave sin fundamento.

Su respuesta me sorprendió.

Por primera vez desde que había comenzado a investigar, alguien parecía dispuesto a distinguir entre lo que sabía y lo que solamente sospechaba.

—Entonces, ¿por qué se reunió con Richard?

—Porque yo trabajaba con el despacho que revisaba los movimientos de una cuenta familiar. Él había solicitado una investigación financiera.

Me senté al borde de la cama.

—¿La cuenta de mis hijos?

—Exactamente.

Cerré los ojos.

—¿Qué encontró?

Patricia guardó silencio durante unos segundos.

—No quiero hablar de eso por teléfono. Si todavía conserva la documentación que Richard le dejó, tráigala. Podemos reunirnos hoy en un lugar público.

Acordamos encontrarnos a las once de la mañana en una cafetería del centro de Querétaro.

Antes de colgar, Patricia agregó algo que me dejó helada.

—Señora Elena, vaya sola si puede hacerlo con seguridad. Y no le diga a Diane que nos vamos a reunir.

—Diane ya no vive conmigo.

—Lo sé.

Me quedé inmóvil.

—¿Cómo sabe eso?

Patricia tardó demasiado en contestar.

—Porque ella fue a buscarme hace tres días.

La llamada terminó.

Durante varios minutos permanecí sentada en la cama, con el teléfono entre las manos.

Diane había ido a buscar a Patricia antes de que yo encontrara la fotografía.

Eso significaba que sabía que alguien podía revelar la verdad.

Y, si Patricia decía la verdad, mi suegra llevaba tiempo intentando impedirlo.

A las nueve dejé a los niños con mi hermana, Claudia, quien vivía a unas calles de mi casa. Le expliqué que tenía que resolver unos asuntos relacionados con Richard, sin contarle todavía todos los detalles.

Claudia me abrazó antes de que saliera.

—No tienes que cargar con todo tú sola, Elena.

Quise creerle.

Durante meses había fingido que podía con todo. La muerte de mi esposo, las cuentas, el trabajo, las noches en que Lily preguntaba si su papá podía verla desde el cielo.

Pero ahora comprendía que mi silencio también había dejado espacio para que Diane controlara a mis hijos.

Ya no iba a permitirlo.

Llegué a la cafetería diez minutos antes de la hora acordada.

Patricia estaba sentada junto a una ventana. Tenía unos cuarenta y tantos años, el cabello recogido y una carpeta café sobre la mesa.

Era la misma mujer de la fotografía.

Cuando me acerqué, se puso de pie.

—Gracias por venir.

No le ofrecí una sonrisa.

—Quiero saber qué descubrió mi esposo.

Patricia señaló la silla frente a ella.

—Lo entiendo. Pero antes necesito hacerle una pregunta. ¿Diane sigue teniendo acceso a la cuenta?

—Eso estoy intentando averiguar.

—¿No le entregó los documentos?

—Me entregó copias antiguas. Hay movimientos que no conozco y un informe que supuestamente se preparó antes de que Richard muriera.

Patricia bajó la mirada.

—Entonces no le entregó todo.

Sacó de su carpeta varias hojas y las acomodó cuidadosamente.

—Richard me contactó porque notó que el dinero destinado a sus hijos no coincidía con los registros que le habían mostrado. Quería saber si existían retiros autorizados y si el saldo era correcto.

—¿Y qué descubrió?

Patricia me mostró una tabla con fechas y cantidades.

No entendí todos los detalles contables, pero reconocí varias transferencias que también aparecían en las copias de Diane.

—Estas operaciones no estaban acompañadas por la documentación que normalmente se requería para justificar los gastos —explicó—. Por eso se solicitaron comprobantes adicionales.

—¿Diane respondió?

—Entregó algunos recibos, pero otros no coincidían con las fechas. Richard pidió que se verificaran antes de autorizar cualquier otra operación.

Me quedé mirando los números.

—¿Cuánto dinero falta?

—No puedo darle una cifra definitiva hasta revisar el expediente completo. Además, algunas operaciones podrían tener explicaciones legítimas. Sería irresponsable asegurarle que hubo un robo sin terminar la auditoría.

Agradecí su honestidad, aunque la incertidumbre me dolía.

—¿Por qué Richard no me lo contó?

Patricia se quitó los lentes y se frotó los ojos.

—Me dijo que quería tener pruebas antes de preocuparla. También me comentó que Diane estaba presionándolo para que firmara una modificación en la administración de la cuenta.

—¿Qué modificación?

Patricia abrió otra carpeta.

—Quería que se le permitiera utilizar parte del dinero para gastos familiares. Richard se negó hasta que todo quedara documentado.

Sentí un nudo en la garganta.

Mi esposo había estado intentando proteger a nuestros hijos sin decirme que existía un problema.

—¿Y la mujer que aparece en la fotografía? ¿Usted estaba investigando a Diane?

—Yo coordinaba la revisión financiera. No era una investigación criminal. Richard me pidió que verificara las operaciones y que conservara una copia de los documentos que él había entregado.

—¿Por qué aparece Diane en esa fotografía?

Patricia vaciló.

—Porque llegó a la cafetería cuando nuestra reunión estaba terminando.

—¿Qué hizo?

—Le pidió a Richard que hablara con ella en privado. Yo no escuché toda la conversación. Pero sí escuché una frase.

Patricia me miró directamente.

—Le dijo: «Si sigues escarbando, vas a destruir a esta familia».

Sentí que el pecho se me cerraba.

—¿Y Richard qué respondió?

—Me pidió que le enviara el informe definitivo a su correo y que guardara una copia fuera del despacho. Dijo que no quería que nadie pudiera hacerlo desaparecer.

—¿Lo hizo?

—Sí. Pero el informe final nunca llegó a su correo. Después de su muerte, recibí una llamada de Diane preguntándome si conservaba los documentos.

Me incliné hacia ella.

—¿Qué le dijo?

—Que no podía entregarle información sin autorización. Se enfadó mucho.

Patricia sacó un sobre del fondo de la carpeta.

—Esto es lo que sí pude conservar.

Dentro había una copia de un correo impreso, una hoja con anotaciones manuscritas y un documento que llevaba el sello del despacho.

El correo estaba fechado dos días antes del accidente de Richard.

En él, mi esposo pedía que la revisión se ampliara para incluir varios pagos realizados desde la cuenta familiar.

Uno de los conceptos aparecía repetido tres veces: «Servicios de asesoría patrimonial».

El destinatario era un despacho cuyo nombre yo no conocía.

—¿Qué significa esto? —pregunté.

—Que debemos verificar quién recibió ese dinero y qué servicio prestó. El nombre de la empresa aparece en varios movimientos, pero todavía no sabemos si las facturas son auténticas.

Miré la última hoja.

En la parte inferior había una firma.

No era la de Richard.

Era la de Diane.

—¿Por qué firmó ella?

Patricia respiró hondo.

—Porque era la administradora de la cuenta. Pero hay algo más.

Me entregó una copia de una solicitud de cambio de beneficiarios.

Mi nombre aparecía tachado.

El nombre de mis hijos seguía allí, pero la fecha de vigencia había sido modificada a mano.

—¿Qué significa esto? —repetí.

—No puedo determinar si el documento es válido. Necesitamos el original y una revisión legal. Sin embargo, Richard escribió una nota indicando que no había autorizado ese cambio.

La sangre me zumbó en los oídos.

—¿Diane intentó quitarme de los documentos?

—Eso parece, pero hay que comprobarlo.

Me quedé mirando la hoja.

Hasta ese momento había pensado que mi suegra quería controlar el dinero para sentirse importante, para mantener su posición dentro de la familia o incluso para castigarme porque Richard me había elegido como esposa.

Ahora la situación parecía más grave.

Si conseguía modificar la administración de los fondos y excluirme de las decisiones, podía mantenerme alejada de las cuentas de mis hijos durante años.

—¿Por qué no me buscó antes? —pregunté.

Patricia bajó la cabeza.

—Después de la muerte de Richard, recibí una llamada de alguien que me dijo que no debía interferir en asuntos familiares. Me asusté. Tenía miedo de cometer un error profesional y de que me acusaran de divulgar información confidencial.

—¿Y ahora qué cambió?

—Diane vino a verme hace tres días. Me dijo que usted estaba emocionalmente inestable y que pretendía acusarla de delitos para quedarse con el dinero de sus nietos.

Solté una risa sin humor.

—Claro. Esa es su versión de todo.

—No le creí sin más, pero tampoco sabía qué estaba pasando. Cuando supe que usted había encontrado los documentos, decidí que debía escucharla directamente.

Tomé aire.

—Necesito el informe completo.

—Voy a ayudarla a solicitarlo por las vías correctas. Pero quiero que entienda algo: si hubo irregularidades, debemos demostrarlo. Y si hay documentos falsificados, necesitamos una evaluación profesional.

Asentí.

No buscaba venganza a ciegas.

Buscaba justicia para mis hijos.

Guardé los papeles en mi bolso y me levanté.

Antes de despedirnos, Patricia me sujetó suavemente del brazo.

—Hay una última cosa.

Me volví.

—¿Qué?

—Richard me dijo que, si no lograba terminar la revisión, debía buscar un sobre azul que él había dejado con sus documentos personales. Según él, ahí estaba la prueba que faltaba.

Recordé inmediatamente la computadora y las carpetas que había revisado en casa.

—No he visto ningún sobre azul.

Patricia palideció.

—Entonces alguien pudo haberlo encontrado antes que usted.

En ese instante mi teléfono vibró.

Era un mensaje de Claudia.

«Elena, tienes que regresar. Diane acaba de llegar a mi casa y está exigiendo llevarse a los niños. Dice que tiene documentos que le dan derecho a hacerlo».

Me levanté tan rápido que la silla se arrastró por el piso.

Patricia me miró alarmada.

—¿Qué pasó?

Le mostré el mensaje.

Ella guardó sus papeles y se puso de pie.

—Vaya con su hermana. Y no firme nada que Diane le presente.

Salí de la cafetería sin despedirme.

Mientras conducía, sentía que el corazón me golpeaba las costillas.

Diane no estaba intentando recuperar su lugar en mi casa.

Estaba intentando acercarse otra vez a mis hijos.

Y ahora afirmaba tener documentos que le daban derecho a llevárselos.

Cuando llegué a casa de Claudia, escuché los gritos desde la banqueta.

—¡Son mis nietos! ¡No puedes impedirme verlos!

Entré sin tocar.

Diane estaba de pie en la sala, con una carpeta negra abierta sobre la mesa. Claudia se encontraba frente a ella, protegiendo a los niños con su propio cuerpo.

Mateo sostenía la mano de Lily.

Mi hija tenía el rostro pálido.

—¡Mamá! —gritó al verme.

Corrí hacia ellos.

—Estoy aquí, mi amor.

Diane levantó una hoja.

—Perfecto. Ahora que estás aquí, podemos resolver esto.

Miré el documento.

Era una copia de una disposición legal que reconocía ciertos derechos de convivencia familiar, pero no vi ninguna orden judicial que autorizara a Diane a llevarse a los niños.

—¿Qué es esto? —pregunté.

—Richard quería que yo siguiera formando parte de la vida de mis nietos.

—Eso no te da derecho a llevártelos contra nuestra voluntad.

—No sabes lo que firmó mi hijo.

—Entonces deja que lo revise mi abogada.

Diane cerró la carpeta de golpe.

—No. Tú vas a escucharme primero.

Se acercó y bajó la voz.

—Si sigues buscando ese informe, voy a demostrar que no estás en condiciones de cuidar a tus hijos. Voy a contarle a todo el mundo que los has descuidado desde que murió Richard. Voy a asegurarme de que ningún juez te crea.

Claudia sacó su teléfono.

—La conversación está quedando registrada.

Diane retrocedió.

Por primera vez, su expresión perdió toda la seguridad.

Yo tomé a mis hijos de las manos.

—Vámonos.

Cuando pasé junto a ella, Diane me sujetó de la muñeca.

—Elena, no sabes lo que estás a punto de perder.

Me solté.

—Ya perdí a mi esposo. No voy a permitir que también destruyas a mis hijos.

Salimos de la casa de Claudia y nos dirigimos a mi automóvil.

Antes de subir, miré hacia atrás.

Diane seguía en la puerta, con la carpeta negra apretada contra el pecho.

Y entonces lo vi.

Debajo de las hojas que sobresalían de la carpeta había una esquina de papel azul.

El sobre que Richard había dejado.

El sobre que Diane aseguraba no conocer.

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Lo tenía ella.

Y acababa de confirmar que sabía exactamente qué estaba buscando.

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