Chapter 4: La carta de Elena reveló por qué Vanessa odiaba tanto a mi hija
—¡Elena no tenía derecho a dejarme esa niña!
Las palabras de Vanessa quedaron suspendidas en el aire.
Durante varios segundos, fui incapaz de reaccionar. Seguía sosteniendo el teléfono contra mi oído, mientras mi esposa respiraba agitadamente frente a mí, como si acabara de confesar algo que llevaba años intentando mantener enterrado.
Patricia seguía en la línea.
—Michael, ¿sigues ahí?
Tragué saliva.
—Sí. No cuelgues. Necesito que leas la carta completa.
Vanessa negó con la cabeza.
—No hagas esto, Michael. No tienes idea de lo que estás a punto de descubrir.
La miré fijamente.
—Entonces deja de hablar en acertijos y dime la verdad.
—¡No puedes entenderlo!
—Inténtalo.
Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero esta vez no me conmovieron. Había visto a Lily cubrirse la cara después de recibir una cachetada. Había escuchado a Mason confesar que tenía miedo de decir la verdad.
No podía permitir que Vanessa volviera a utilizar las lágrimas para cambiar el rumbo de aquella conversación.
—Patricia —dije—, lee la carta.
Mi hermana respiró profundamente.
—La carta comienza así: «Michael, si estás leyendo esto, significa que no pude explicarte todo mientras estaba viva. Hay algo sobre Vanessa que debí contarte desde hace mucho tiempo. No lo hice porque tenía miedo de lo que pudiera pasarle a nuestra hija».
Sentí un escalofrío.
Elena había escrito aquellas palabras antes de morir.
Mi esposa nunca me había mencionado que tuviera problemas con Vanessa. De hecho, Vanessa me había contado que conoció a Elena únicamente durante una reunión de amigos, varios años antes de que yo la conociera a ella.
Ahora, por primera vez, me preguntaba si alguna de aquellas historias había sido cierta.
—Sigue —le pedí a Patricia.
—«Vanessa y yo nos conocimos mucho antes de que ella entrara en tu vida. Trabajamos juntas durante un tiempo en una pequeña empresa de servicios administrativos. En aquel entonces, yo confiaba en ella.
La consideraba una amiga. Por eso me dolió tanto descubrir que estaba dispuesta a traicionarme por conseguir algo que yo tenía».
Volteé hacia Vanessa.
Ella había dejado de llorar.
Estaba inmóvil, con los labios apretados.
—¿Qué era eso que Elena tenía? —pregunté.
Vanessa no respondió.
Patricia continuó leyendo.
—«No quiero que pienses que escribo esto por celos o resentimiento. Vanessa siempre quiso la vida que yo tenía, pero no hablo de mi casa ni de mi dinero. Hablo de algo que ella nunca pudo conseguir por sí misma: la confianza de la gente que amaba».
Cerré los ojos un instante.
Elena siempre había sido una mujer reservada. Le gustaba mantener los problemas familiares lejos de nuestra vida cotidiana. Si había sufrido una traición, era posible que hubiera intentado protegerme de ella.
Pero ¿por qué involucraba a Lily?
—Patricia, busca si menciona a nuestra hija.
Escuché varias hojas moverse.
Entonces mi hermana guardó silencio.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Hay un párrafo subrayado.
—Léelo.
Su voz se quebró ligeramente.
—«Si Vanessa vuelve a acercarse a Lily, no ignores sus intenciones. Antes de que naciera mi hija, Vanessa me pidió que la ayudara con un problema personal. Yo me negué.
Desde entonces, comenzó a tratarme como si le hubiera robado algo que le pertenecía. Nunca entendí por qué convirtió aquella negativa en una deuda que yo debía pagarle durante toda la vida».
Miré a mi esposa.
—¿Qué problema personal?
Vanessa retrocedió.
—No voy a hablar de eso.
—La carta menciona a nuestra hija. Tienes que explicármelo.
—¡No tengo que explicarte nada!
—¿Conocías a Elena antes de conocerme?
Vanessa apretó los puños.
El silencio fue suficiente.
—¿Cuánto tiempo llevabas conociéndola?
—Eso no importa.
—¿Cuánto tiempo?
—¡Desde antes de que naciera Lily!
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
Vanessa se llevó una mano a la boca, como si acabara de darse cuenta de que había revelado demasiado.
—¿Y me hiciste creer que apenas la conocías? —pregunté.
—Porque no quería que nuestro pasado arruinara lo que teníamos.
—¿Qué pasado?
—Cosas del trabajo. Problemas entre nosotras. Nada que tuviera que ver contigo.
—Entonces, ¿por qué Elena escribió que debía proteger a Lily de ti?
Vanessa comenzó a caminar de un lado a otro.
—Porque Elena era así. Siempre tenía que quedar como la víctima. Si alguien no hacía lo que ella quería, encontraba una manera de convertirlo en el villano de su historia.
Aquella respuesta me llenó de indignación.
—Elena no está aquí para defenderse. Pero Lily sí está aquí, y tú le has hecho daño.
Vanessa se detuvo.
—Yo nunca quise lastimar a Lily.
—La golpeaste por tomar pan.
—¡Porque no podía seguir permitiendo que hiciera lo que quisiera!
—¿Y por eso la fotografiabas llorando?
Vanessa no contestó.
—¿Y por eso preparaste una mochila para enviarla con una desconocida?
—¡No entiendes lo que estaba intentando hacer!
—Entonces explícame.
Se quedó mirando hacia la ventana.
Cuando volvió a hablar, su voz sonó mucho más baja.
—Elena me prometió algo antes de morir.
Me acerqué un paso.
—¿Qué te prometió?
—Que algún día me permitiría formar parte de la vida de Lily.
Fruncí el ceño.
—Tú ya formabas parte de su vida. Eras su madrastra.
—¡No hablo de eso!
Vanessa respiró con dificultad.
—Antes de morir, Elena sabía que estaba enferma. No me lo dijo directamente, pero yo lo descubrí. Una vez fui a visitarla y la escuché hablando por teléfono con una persona. Decía que tenía miedo de dejar a Lily en manos de alguien que no la amara como una madre.
—¿Y qué tiene que ver eso contigo?
—Todo.
Se volvió hacia mí.
—Elena sabía que yo no podía tener hijos.
Me quedé inmóvil.
Nunca había escuchado aquello.
Vanessa me había contado que tuvo una relación anterior, pero jamás había mencionado un problema de fertilidad. Tampoco habíamos hablado de tener más hijos porque yo pensaba que nuestra familia estaba completa.
—¿Cómo sabes que no podías tener hijos?
Vanessa bajó la mirada.
—Me lo dijeron hace años.
Por primera vez, sentí una punzada de compasión.
Pero desapareció cuando continuó hablando.
—Elena sabía cuánto deseaba ser madre. Sabía que había pasado por tratamientos, por consultas y por años de escuchar que debía resignarme. Y aun así se negó a ayudarme.
—¿Ayudarte cómo?
Vanessa no respondió inmediatamente.
Después pronunció una frase que me hizo comprender por qué aquella carta había permanecido escondida.
—Me pidió que aceptara que Lily nunca sería mía.
Me quedé mirándola.
—Lily nunca tenía que ser tuya. Tenías que amarla.
Vanessa soltó una risa amarga.
—¡Tú no sabes lo que se siente ver todos los días a una niña que podría haber sido tuya!
—No. No lo sé. Pero sé lo que se siente verla llorar porque tiene miedo de pedir comida.
—¡Yo le di todo!
—Le diste una casa y ropa. Eso no te da derecho a tratarla como un objeto.
Vanessa se limpió las lágrimas con el dorso de la mano.
—Elena siempre ganaba. Incluso después de morir, seguía ganando. Tú conservaste sus fotografías, sus cosas, sus recuerdos.
Lily dormía en la habitación que ella había decorado. Y cada vez que yo intentaba cambiar algo, tú decías que había que respetar la memoria de tu primera esposa.
—Porque era su madre.
—¡Y yo también quería ser madre!
Su grito resonó por toda la casa.
Durante unos segundos, ninguno de los dos habló.
Entonces el teléfono volvió a sonar.
Patricia.
Contesté de inmediato.
—¿Encontraste algo más?
—Sí. Hay otra hoja dentro del sobre. Creo que Elena la escribió después de la carta principal.
Escuché cómo desdoblaba el papel.
—Michael, esto es diferente. Habla de una cuenta bancaria y de un documento firmado ante un notario.
—¿Qué documento?
Patricia tardó unos segundos en responder.
—Elena dejó instrucciones para que una parte de sus ahorros se utilizara exclusivamente para el futuro de Lily. Pero hay una condición: nadie puede administrar ese dinero si existe evidencia de que ha intentado perjudicar a la niña.
Volteé lentamente hacia Vanessa.
Ella estaba mirando mi teléfono.
Y su rostro había perdido todo el color.
—¿Cuánto dinero? —pregunté.
—No lo especifica aquí. Dice que los documentos completos están con el abogado que llevó los asuntos de Elena.
—¿Tienes su nombre?
—Sí. Está escrito al final.
Patricia me lo leyó.
Lo reconocí inmediatamente.
Era el nombre de un abogado que había trabajado con Elena antes de que enfermara. Yo había visto sus documentos en varias ocasiones, pero nunca me había ocupado de revisar cada detalle porque confiaba en que todo estaba en orden.
—Mañana voy a hablar con él —dije.
Vanessa dio un paso hacia mí.
—No tienes que hacer eso.
La miré.
—¿Por qué?
—Porque no hay nada que investigar.
—Entonces no tendrás motivos para preocuparte.
Su expresión se endureció.
—Michael, escúchame. Si haces esto, vas a descubrir cosas que no te van a gustar.
—Ya descubrí que mi hija tenía hambre en mi propia casa.
Vanessa se quedó callada.
Colgué después de agradecerle a Patricia por guardar los documentos.
Subí a la habitación, saqué una maleta y comencé a guardar algunas prendas.
Vanessa apareció detrás de mí.
—¿Qué estás haciendo?
—Voy a dormir en casa de Patricia esta noche.
—¿Me vas a dejar sola?
—No voy a dejarte sola. Voy a estar con mis hijos.
—¡Yo soy tu esposa!
Me volví hacia ella.
—Y ellos son los niños que dependen de nosotros. Ahora mismo, no confío en ti cuando estás cerca de Lily.
Vanessa comenzó a llorar otra vez.
—No puedes destruir nuestro matrimonio por un error.
—No fue un error aislado. Encontré fotografías, anotaciones y una mochila preparada para enviar a mi hija a otro lugar sin mi consentimiento. Eso no es una equivocación de una noche.
—¡Yo quería ayudarla!
—¿Ayudarla a qué?
Vanessa abrió la boca.
La cerró.
Después se acercó a mí y me sujetó de la mano.
—Michael, por favor. Te juro que puedo explicarlo todo.
Retiré suavemente la mano.
—Entonces empieza por decirme quién era la mujer con la que hablabas por teléfono.
Vanessa se quedó helada.
—¿Qué mujer?
—La que iba a cuidar a Lily.
Sus labios temblaron.
—No la conoces.
—Dame su nombre.
—No.
—Vanessa, dame su nombre.
Ella me miró con una mezcla de miedo y odio.
Finalmente susurró:
—Se llama Gabriela.
—¿Gabriela qué?
—Gabriela Torres.
Saqué el teléfono y anoté el nombre.
—¿Dónde vive?
Vanessa negó con la cabeza.
—No lo sé.
La miré sin creerle.
—¿Cómo que no lo sabes?
—Solo hablábamos por teléfono.
—¿Cómo la conociste?
Vanessa bajó la mirada.
—Me la recomendaron.
—¿Quién?
No respondió.
En ese momento, su teléfono vibró sobre la cómoda.
La pantalla se iluminó.
Pude leer el mensaje antes de que ella lo tomara.
*Gabriela: «Necesito saber si ya tienes a la niña lista. No podemos seguir aplazándolo. La fecha acordada está muy cerca».*
Vanessa agarró el aparato con tanta rapidez que casi lo dejó caer.
Pero ya había visto el mensaje.
Y, por primera vez aquella noche, supe que no estaba enfrentándome únicamente a una mujer que había maltratado a mi hija.
Había alguien más involucrado.
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Alguien que esperaba llevarse a Lily.
Y esa persona acababa de confirmar que existía una fecha acordada.
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