Calm

Chapter 7: Mi padre sabía más de lo que había confesado

—¿Qué acabas de decir, Felicity?

Me quedé junto a las puertas de Mercy General, con el teléfono pegado a la oreja y el ruido de las ambulancias mezclándose con el tráfico de la calle.

Al otro lado, mi hermanastra respiraba de manera irregular.

—La persona que conservó el informe original trabaja con papá —repitió—. No puedo explicártelo todo por teléfono.

—Entonces dime quién es.

—No puedo.

—Felicity, acabo de enterarme de que mi nombre aparece en un documento que jamás firmé. Hay una firma de Martha Collins, otra de Adrian Montgomery y ahora me dices que alguien conservó una prueba de que el equipo sí falló. ¿Cuánto tiempo llevas sabiendo esto?

—¡Yo no sabía lo del informe hasta hace poco!

Su grito me hizo apartar el teléfono de la oreja.

Después guardó silencio.

—¿Qué significa «hasta hace poco»? —pregunté.

—Significa que encontré algo en la computadora de Adrian. Un correo. No debería haberlo visto.

Cerré los ojos.

Felicity nunca había sido especialmente cuidadosa con los secretos. Le encantaba presumir de sus contactos, pero también le gustaba saber cosas que los demás ignoraban. Desde adolescentes, había utilizado cualquier información personal para conseguir lo que quería.

Sin embargo, aquella vez no sonaba como alguien que estuviera intentando manipularme.

Sonaba asustada.

—Necesito que me escuches —dije—. No voy a hacer nada con lo que me cuentes sin verificarlo. Pero si hay una prueba de que un equipo médico presentó una falla, alguien tiene que asegurarse de que se investigue correctamente.

—¿Y si eso destruye a nuestra familia?

La pregunta me dejó inmóvil.

—¿Qué tiene que ver nuestra familia con un monitor cardíaco?

Felicity no contestó.

—¿Papá trabaja para la empresa de Adrian?

—No exactamente.

—¿Entonces?

Escuché una puerta cerrándose al otro lado.

—Jenna, necesito verte. Hoy. Sin Adrian y sin mamá.

Estuve a punto de negarme.

Después recordé su rostro en el hotel, la manera en que había palidecido al escuchar el nombre de Martha Collins y cómo había intentado impedir que Silas me mostrara el documento.

Tal vez mi hermanastra había participado en algo que no comprendía.

Tal vez estaba tratando de adelantarse a las consecuencias.

En cualquiera de los casos, necesitaba escucharla.

—A las siete, en una cafetería pública —respondí—. Tú eliges el lugar y me mandas la dirección. No voy a ir a tu casa ni a reunirme en algún sitio donde no pueda marcharme cuando quiera.

—Está bien.

—Y no me pidas que mienta por ti.

—No te lo estoy pidiendo.

—Todavía no.

Colgué.

Durante unos segundos permanecí junto a la entrada del hospital, intentando ordenar las ideas.

Luego guardé el teléfono y regresé para recoger mi bolso.

A las siete menos diez, recibí la dirección de una cafetería pequeña cerca de una avenida principal. Había mesas junto a los ventanales, personas trabajando con sus computadoras y una fila de clientes esperando bebidas para llevar.

Felicity estaba sentada al fondo.

No llevaba maquillaje de fiesta ni joyas llamativas. Vestía unos pantalones negros, una blusa color crema y un abrigo que parecía demasiado elegante para una tarde entre semana.

Tenía frente a ella un café casi intacto.

Cuando me acerqué, levantó la mirada.

—Gracias por venir.

Me senté enfrente.

—Empieza.

Felicity apretó los labios.

—Siempre haces eso.

—¿Qué cosa?

—Hablarme como si estuvieras interrogando a un sospechoso.

—Me llamaste para decirme que alguien tiene una prueba relacionada con un posible fallo médico y con un documento firmado bajo mis credenciales. No estamos hablando de quién se quedó con el último pedazo de pastel en Navidad.

Felicity miró hacia la ventana.

—Adrian se enojó muchísimo cuando su padre pidió los registros del hospital. Nunca lo había visto así.

—Eso ya lo sé.

—No, no lo sabes. Está convencido de que alguien está intentando hacerle daño. Piensa que la persona que dio información a su padre quiere perjudicarlo justo después de la boda.

—¿Y tú qué piensas?

Se quedó callada.

—Creo que hay cosas que no me contó.

Aquella confesión, viniendo de ella, me sorprendió.

Felicity llevaba meses hablándome de Adrian como si fuera un hombre incapaz de equivocarse. Conocía su reloj, sus restaurantes favoritos, las propiedades de su familia y hasta el nombre de los inversionistas con quienes hacía negocios.

Pero nunca la había escuchado admitir que no lo conocía del todo.

—¿Qué viste en su computadora? —pregunté.

Felicity abrió su bolso y sacó una memoria USB pequeña.

La dejó sobre la mesa, pero mantuvo dos dedos encima.

—Aquí hay una copia de un correo y de algunos documentos adjuntos. No descargué nada de un sistema protegido. Estaban en una carpeta de archivos compartidos a los que tengo acceso por mi trabajo de apoyo en los eventos de la fundación.

La miré con desconfianza.

—¿Por qué tienes acceso a archivos de ese tipo?

—No tengo acceso a expedientes médicos. Mi trabajo consistía en preparar materiales para reuniones, organizar listas de patrocinadores y coordinar comunicaciones. Una carpeta contenía documentos que supuestamente ya estaban aprobados para circular entre los responsables de los eventos.

—¿Y por qué copiaste esos archivos?

—Porque vi tu nombre.

No supe qué decir.

Felicity retiró los dedos de la memoria USB.

—Al principio pensé que era otro reporte administrativo. Después leí una frase que decía que la empleada había aceptado el cierre del caso. Me acordé de lo que pasó en la boda y de cómo se puso Adrian cuando su padre mencionó tu nombre. Entonces revisé el correo completo.

—¿Qué decía?

Felicity bajó la voz.

—Que el expediente debía cerrarse antes de la siguiente reunión con los patrocinadores. Decía que no convenía presentar el incidente como una falla confirmada porque eso podía retrasar la renovación de un contrato.

Sentí que la cafetería se volvía demasiado ruidosa.

—¿Quién escribió el correo?

—Adrian.

—¿Y quién conservó el informe original?

Felicity me miró directamente.

—Papá.

Durante unos segundos fui incapaz de hablar.

Daniel Parker.

El hombre que se había reído cuando su hija me humilló frente a ciento veinte invitados.

El mismo hombre que me pidió que no hiciera nada precipitado porque la familia Montgomery tenía mucha influencia.

Mi padre.

—No entiendo —dije finalmente—. ¿Por qué tendría él un informe interno del hospital?

Felicity respiró hondo.

—Porque papá trabaja como consultor externo para una empresa que asesora a proveedores médicos y organizaciones hospitalarias. Hace algunos años empezó a colaborar en proyectos relacionados con contratos, presupuestos y relaciones institucionales. Uno de sus clientes tenía vínculos comerciales con la compañía de Adrian.

La información me golpeó con tanta fuerza que tuve que apoyarme en el respaldo de la silla.

—Nunca me dijo nada de eso.

—Porque no quería hablar de su trabajo contigo.

Sentí una punzada de dolor.

Mi padre y yo no éramos especialmente cercanos desde la muerte de mi madre. Pero todavía existían conversaciones que yo creía tener derecho a conocer. Nunca me había mencionado contratos médicos, relaciones institucionales ni asesorías vinculadas con proveedores hospitalarios.

—¿Cuándo se enteró del incidente?

—No lo sé exactamente. Hace unos meses escuché a mamá preguntarle si el asunto del hospital ya estaba resuelto. Papá respondió que no debíamos preocuparnos, que todo estaba bajo control.

—¿Y tú no pensaste que debía decírmelo?

Felicity bajó la mirada.

—En ese momento no entendía de qué hablaban. Después me enteré de que el expediente tenía tu nombre, y entonces…

Se interrumpió.

—¿Entonces qué?

—Entonces pensé que, si todo salía mal, tú podías quedar involucrada.

Solté una risa amarga.

—Qué considerada.

—No empieces, Jenna.

—¿Qué esperabas que hiciera? ¿Que te agradeciera por preocuparte cuando durante años te has burlado de mi trabajo?

Felicity tragó saliva.

—Sé que he sido horrible contigo.

La miré en silencio.

Nunca había escuchado esas palabras de su boca.

Ni cuando me dejó sola en una cena familiar.

Ni cuando utilizó mis ahorros para pagar una deuda que nunca me devolvió.

Ni cuando anunció delante de nuestros parientes que yo era demasiado aburrida para entender la vida de personas como ella.

—¿Por qué ahora? —pregunté—. ¿Por qué no me dijiste nada antes?

Felicity deslizó la memoria hacia mí.

—Porque tenía miedo.

—¿De qué?

—De perder todo lo que he conseguido.

La sinceridad de su respuesta me dolió más que una excusa.

No estaba pensando primero en los pacientes.

Ni en mí.

Estaba pensando en su vida con Adrian, en su posición dentro de los Montgomery y en el futuro que se había imaginado.

—¿Hay algo más? —pregunté.

Felicity empezó a retorcer una servilleta entre los dedos.

—Papá conservó una copia impresa del reporte original. Según lo que escuché, alguien le pidió revisar una discrepancia en los registros del proveedor. El documento mostraba que el monitor había dejado de actualizar una señal durante la emergencia.

—¿Y qué hizo con él?

—No lo sé.

—Felicity.

—¡Te estoy diciendo la verdad! No sé dónde lo guarda. Solo sé que hace unos días discutió con mamá porque ella quería que se deshiciera de unos papeles. Él respondió que ya era demasiado tarde para destruirlos.

Sentí que la sangre me abandonaba el rostro.

—¿Tu madre también lo sabe?

Felicity miró alrededor antes de responder.

—Creo que sabe más de lo que admite.

Por primera vez, comprendí que el silencio de mi padre quizá no fuera simple cobardía. Podía haber motivos económicos, compromisos profesionales o documentos que temía ver expuestos.

Pero seguía sin entender por qué había preferido advertirme sobre la influencia de los Montgomery en lugar de decirme la verdad.

—¿Por qué me humillaste en la boda? —pregunté de repente.

Felicity levantó la mirada, desconcertada.

—¿Qué?

—Me llamaste una enfermera insignificante delante de todos. Justo antes de que Silas se acercara a hablar conmigo. ¿Ya sabías que tu esposo estaba relacionado con el informe?

—No sabía que él había firmado el cierre.

—Pero sí sabías que había un problema.

Ella tardó demasiado en contestar.

—Había escuchado discusiones sobre un incidente técnico, pero Adrian me dijo que todo se había revisado.

Me quedé mirándola.

—Entonces sabías que podía estar relacionado con mi trabajo.

—No sabía que eras tú la enfermera del reporte hasta que vi tu nombre en la carpeta.

—Y aun así te burlaste de mí.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—No quiero justificarme. Estaba intentando demostrarle a la familia de Adrian que yo encajaba con ellos. Pensé que, si te presentaba como alguien poco importante, nadie iba a compararnos.

No sentí compasión.

Sentí una tristeza profunda por la muchacha de quince años que había intentado ganarse el cariño de una nueva familia haciendo creer a todos que yo sobraba.

—Nunca tuviste que competir conmigo, Felicity.

Ella se limpió una lágrima.

—Lo sé.

—No. Creo que apenas empiezas a entenderlo.

Guardé la memoria USB dentro de mi bolso, sin abrirla ni conectarla a ningún dispositivo personal.

—Voy a entregar esto al equipo de revisión por un canal autorizado. No voy a publicarlo ni a utilizarlo para vengarme de ti.

—¿Y papá?

Me levanté.

—Voy a preguntarle por qué tiene un informe que yo llevo meses intentando obtener.

Felicity también se puso de pie.

—Jenna, hay una cosa más.

Me volví.

—¿Qué?

Su voz apenas fue un susurro.

—Adrian me dijo que, si tu nombre volvía a aparecer en esa investigación, debía asegurarme de que no hablaras con Silas a solas.

La miré con incredulidad.

—¿Por qué?

Felicity comenzó a llorar de verdad.

—Porque tu padre no fue la única persona que conservó una copia del informe original.

Sacó un segundo documento de su bolso.

Era una impresión de un correo enviado varios meses atrás.

El remitente era Adrian Montgomery.

El destinatario era Martha Collins.

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Y la última línea decía:

*Si Jenna vuelve a solicitar el expediente, necesitamos que su versión de los hechos quede desacreditada antes de que el asunto llegue a la fundación.*

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