Chapter 6: La primera familia de Corinne
La fotografía no demostraba que Corinne hubiera cometido ningún delito.
Pero sí demostraba que Eleanor había investigado algo sobre su pasado y que había considerado importante conservar aquella imagen junto con los documentos destinados a proteger a Maisie.
Y eso bastó para que yo dejara de pensar en mi esposa como una mujer que simplemente había cambiado después de casarse conmigo.
Quizá había cosas que nunca había conocido de ella.
Cosas que Corinne había preferido mantener ocultas.
Victoria guardó la fotografía en el sobre y cerró la caja azul.
—No vamos a investigar esto por nuestra cuenta —dijo—. Se lo entregaremos a Arturo.
Asentí.
Aunque estaba desesperado por conocer la historia completa, sabía que cualquier acusación debía basarse en hechos comprobables.
Nos dirigimos a la oficina del abogado.
Durante el trayecto, Victoria permaneció en silencio. Miraba por la ventana con los brazos cruzados, como si intentara ordenar recuerdos que llevaban años escondidos.
Al llegar, Arturo nos recibió en una sala privada.
Le explicamos lo ocurrido y le mostramos la carta, la libreta y la fotografía.
Su expresión se volvió cada vez más seria.
—Voy a hacer copias de todo y a conservar los originales de manera adecuada —dijo—. También necesitaremos revisar el archivo digital antes de sacar conclusiones.
Victoria le entregó la memoria USB.
Arturo no la conectó a su computadora.
En cambio, llamó a un especialista en análisis digital con quien trabajaba habitualmente y acordó que el dispositivo fuera examinado en un entorno aislado.
Después regresó a la mesa.
—Ahora necesito que me cuenten exactamente qué recuerdan de las conversaciones con Eleanor. No lo que creen que significaban. Solo lo que escucharon o vieron.
Victoria describió la llamada de su hermana la noche del accidente.
Yo expliqué las solicitudes de modificación de mi seguro, las reuniones entre Corinne y Daniel y los intentos de mi esposa por recoger a Maisie sin autorización.
Arturo tomó notas.
Cuando terminamos, nos miró a ambos.
—Hay motivos suficientes para solicitar una revisión más amplia de los documentos financieros y para consultar con las autoridades competentes si aparecen indicios de falsificación, amenazas o algún intento de perjudicar a Ethan. Pero quiero que entiendan algo: todavía no sabemos si todos estos hechos están relacionados.
—¿Y si lo están? —pregunté.
—Entonces las pruebas deberán demostrarlo. No vamos a adelantarnos.
Victoria asintió.
—¿Qué podemos hacer mientras tanto?
—Mantener a Maisie protegida, conservar todas las comunicaciones y evitar confrontaciones directas. También voy a revisar los documentos de la tutela y solicitar las medidas legales que correspondan para garantizar que nadie pueda llevársela sin autorización.
Me sentí un poco más tranquilo al escuchar aquello.
Por primera vez, tenía la sensación de que no estaba enfrentando el problema solo.
Pero entonces Arturo recibió una llamada.
Escuchó durante casi un minuto sin decir nada.
Finalmente, respondió:
—Sí, entiendo. No abra el archivo desde su dispositivo habitual. Envíeme el informe por el canal seguro que acordamos.
Colgó.
—El especialista encontró varios archivos en la memoria USB —dijo—. Algunos parecen documentos financieros y otros son comunicaciones guardadas en formato de correo electrónico. No hemos revisado el contenido completo, pero hay una carpeta que contiene mensajes entre Eleanor y una persona identificada como C. R.
Sentí que el corazón se me aceleraba.
—¿Corinne Reed?
—No podemos confirmarlo todavía. Las iniciales coinciden, pero debemos verificar las direcciones y los encabezados originales.
Arturo me mostró una lista de nombres de archivos.
Uno de ellos tenía una fecha de tres meses antes del accidente de Eleanor.
El título era sencillo:
Reunión familiar. Versión final.
Debajo aparecía un documento adjunto.
La primera página contenía una propuesta de administración temporal de los bienes de Maisie en caso de que yo quedara incapacitado.
La segunda mencionaba la necesidad de designar un tutor alternativo.
La tercera incluía un nombre que yo no reconocí.
No era Corinne.
Tampoco Victoria.
Era un hombre llamado Samuel Whitaker.
—¿Quién es? —pregunté.
Arturo revisó las notas.
—No lo sé todavía. Podría ser un asesor, un familiar o una persona relacionada con el fideicomiso. Tendremos que investigar su identidad.
Victoria se inclinó hacia el documento.
—Eleanor nunca me habló de alguien con ese nombre.
—Quizá no estaba relacionado directamente con ella —respondió Arturo—. No podemos asumir nada.
Guardé el nombre en mi teléfono.
Samuel Whitaker.
Otra pieza de un rompecabezas que parecía crecer cada vez que creíamos estar cerca de la respuesta.
Mientras Arturo continuaba revisando los archivos disponibles, recibí una llamada de la escuela de Maisie.
La directora me informó que una persona había intentado modificar la lista de contactos autorizados.
No había conseguido hacerlo porque la escuela exigía una confirmación escrita y una llamada directa del padre.
—¿Quién lo intentó? —pregunté.
—Una mujer que se identificó como asistente legal de la señora Corinne Reed. Dijo que existía una situación familiar urgente.
Cerré los ojos.
—¿Les dejó algún documento?
—Sí. Una carta que afirmaba que usted estaba atravesando una crisis emocional y que necesitaba que otra persona se hiciera cargo temporalmente de Maisie.
Sentí que la rabia me recorría el cuerpo.
—Eso es falso.
—Lo sabemos, señor Reed. No realizamos ningún cambio. Pero le recomendamos que acuda personalmente para aclarar la situación y que nos entregue cualquier documento legal que considere necesario.
Le agradecí y colgué.
Arturo me miró.
—¿Qué pasó?
Le expliqué lo ocurrido.
Él dejó la pluma sobre la mesa.
—Vamos a documentarlo. Si alguien está intentando presentar información falsa sobre su capacidad para cuidar a su hija, necesitamos responder formalmente y con pruebas.
Victoria tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Corinne está intentando aislar a Maisie de todos los que podrían ayudarla.
Me volví hacia ella.
—¿Crees que eso era lo que Eleanor temía?
Victoria tardó en responder.
—Creo que mi hermana descubrió que Corinne quería controlar algo que no le pertenecía. Pero no sé si llegó a comprender hasta dónde estaba dispuesta a llegar.
Miré la caja azul.
Había pasado años creyendo que mi matrimonio era una oportunidad para reconstruir mi vida después de la muerte de Eleanor.
Corinne había sido cariñosa al principio. Me ayudaba a organizar la casa, le compraba ropa a Maisie y se ofrecía a acompañarme a las citas médicas de la niña.
Parecía paciente.
Parecía comprensiva.
Y, cuando yo tenía miedo de no ser suficiente como padre, ella me decía que no tenía que hacerlo todo solo.
Me había aferrado a aquella promesa porque necesitaba creer que todavía podía construir una familia.
Ahora recordaba que, poco después de casarnos, Corinne había comenzado a preguntar por las propiedades de Eleanor.
Primero de manera casual.
Después con insistencia.
Me decía que no era bueno mantener tantos bienes sin utilizar y que debía pensar en el futuro de Maisie.
Yo le había respondido que el terreno de San Miguel de Allende era parte de la herencia de mi hija y que no tenía intención de venderlo.
Corinne había sonreído.
—Claro, amor. Solo quiero que tengas todas las opciones sobre la mesa.
En ese momento, no vi nada sospechoso.
Ahora me preguntaba si aquella conversación había sido una prueba para averiguar cuánto sabía yo sobre el fideicomiso.
A las seis de la tarde, Arturo nos pidió que regresáramos a casa y descansáramos. Él seguiría trabajando en la revisión de los documentos.
Victoria aceptó acompañarme.
No quería que estuviera sola mientras alguien podía estar vigilando su casa.
Cuando llegamos, Maisie estaba sentada en el sofá con la señora Ramírez, mirando una película animada.
Al verme, corrió hacia mí.
—¡Papá!
Me arrodillé y la abracé.
Después vio a Victoria.
Se quedó quieta.
Mi cuñada también se detuvo, como si tuviera miedo de asustarla.
—Hola, Maisie —dijo suavemente.
La niña la observó durante varios segundos.
—¿Tú eres la hermana de mi mamá?
Victoria se llevó una mano a la boca.
—Sí, mi amor. Soy tu tía Victoria.
Maisie miró hacia mí, buscando confirmación.
Asentí.
—Ella es tu tía. Te conocía desde que eras una bebé.
Victoria se agachó despacio.
—Cuando eras chiquita, te cantaba una canción para que te durmieras. ¿Quieres que te la cante?
Maisie no respondió de inmediato.
Después dio un pequeño paso hacia ella.
Victoria empezó a tararear una melodía suave.
Al escucharla, mi hija abrió los ojos.
—Mamá cantaba eso.
Mi cuñada comenzó a llorar.
—Sí, princesa. Era una de las canciones favoritas de tu mamá.
Maisie se acercó y la abrazó.
Yo me quedé observándolas, incapaz de apartar la mirada.
Durante casi tres años, mi hija había crecido sin una parte importante de su familia porque yo había permitido que una mentira se interpusiera entre nosotros.
No podía recuperar ese tiempo.
Pero podía dejar de perderlo.
Esa noche cenamos juntos.
Victoria le contó a Maisie historias de Eleanor cuando era niña: cómo se escondía debajo de la mesa para evitar recoger sus juguetes, cómo hacía pasteles que nunca terminaban de subir y cómo una vez intentó enseñarle a bailar a un perro de la familia.
Maisie se rio tanto que tuvo que dejar el vaso sobre la mesa.
Hacía meses que no la escuchaba reír así.
Después de cenar, mi hija tomó la mano de Victoria.
—¿Te vas a quedar?
Mi cuñada me miró.
Yo asentí.
—Si tú quieres, sí.
Maisie sonrió.
—Entonces mañana te enseño mi jardín.
Por un momento, la casa volvió a sentirse como un hogar.
Pero aquella paz duró poco.
A las nueve y cuarto, alguien llamó al timbre.
Miré la cámara.
Era Corinne.
Estaba sola.
Llevaba una carpeta blanca bajo el brazo y una expresión que no le había visto nunca: no parecía enojada ni triste.
Parecía decidida.
Victoria se puso de pie inmediatamente.
—No abras.
Yo tampoco tenía intención de hacerlo.
Corinne tocó otra vez.
—Ethan, sé que Victoria está contigo.
Nos miramos.
Ella sabía que mi cuñada había regresado.
—Necesito hablar con los dos —continuó—. Es importante.
No respondí.
Corinne levantó la carpeta para que la cámara pudiera verla.
—Tengo documentos que demuestran que Eleanor no estaba en condiciones de tomar algunas decisiones cuando cambió el fideicomiso. Si no me escuchan ahora, mañana será demasiado tarde.
Victoria palideció.
—Eso es mentira —susurró.
Corinne siguió hablando.
—Victoria, tú sabes que tu hermana estaba enferma. Sabes que tomaba medicamentos. Sabes que tenía miedo de morir y que podía cambiar de opinión de un día para otro.
Me acerqué a la puerta, pero no la abrí.
—Si tienes documentos, entrégalos a mi abogado —dije a través del intercomunicador.
Corinne sonrió sin alegría.
—Tu abogado no te va a decir la verdad, Ethan. Solo quiere quedarse con tu dinero.
—Vete.
Su expresión cambió.
—¿Vas a echarme de tu propia casa?
—Sí.
Durante unos segundos, no se movió.
Después dejó la carpeta en el suelo.
—Entonces espero que estés preparado para descubrir quién era realmente Eleanor.
Se dio la vuelta y caminó hacia su automóvil.
Esperamos varios minutos antes de salir.
La carpeta seguía frente a la puerta.
Arturo nos había indicado que no destruyéramos ni alteráramos documentos relacionados con el caso, así que la fotografié donde estaba y la recogí con cuidado.
Dentro había copias de informes médicos de Eleanor.
Algunos eran auténticos.
Reconocí el nombre del hospital y las fechas de sus consultas durante los últimos meses de su vida.
Pero entre las páginas había un informe que nunca había visto.
Estaba fechado tres semanas antes del accidente.
Mencionaba una evaluación psicológica solicitada por una persona cuyo nombre aparecía parcialmente cubierto.
En el margen había una anotación escrita a mano:
La paciente teme que alguien esté intentando influir en sus decisiones patrimoniales.
Sentí que el estómago se me revolvía.
Victoria tomó la hoja con las manos temblorosas.
—Eleanor nunca me habló de una evaluación psicológica.
—Puede haber muchas explicaciones —dije—. No sabemos quién solicitó esto ni por qué.
Pero entonces vimos la última página.
Era una declaración firmada por un médico que confirmaba que Eleanor comprendía la naturaleza de sus decisiones y conservaba la capacidad para administrar sus asuntos.
El documento parecía contradecir exactamente lo que Corinne había afirmado.
No demostraba que mi esposa hubiera manipulado los informes.
Tampoco demostraba que Eleanor hubiera estado bajo presión.
Pero sí significaba que alguien estaba utilizando información médica de mi primera esposa para cuestionar las decisiones que había tomado antes de morir.
Llamé a Arturo.
Me pidió que guardara la carpeta y no confrontara a Corinne.
Después me dijo algo que me dejó inmóvil.
—Ethan, acabo de recibir el informe preliminar del análisis digital. Hay un correo enviado desde una cuenta vinculada a Corinne tres días antes de la muerte de Eleanor.
—¿Qué dice?
Arturo tardó unos segundos en responder.
—No puedo confirmar todavía quién escribió el mensaje, pero el texto menciona una reunión con Daniel Mercer y una propuesta para cambiar la administración del fideicomiso.
Me apoyé contra la pared.
—¿Y qué más?
—El correo termina con una frase que necesitamos investigar de inmediato.
—Dímela.
Arturo respiró hondo.
—«Si Eleanor firma mañana, todo quedará resuelto. Si no firma, tendremos que utilizar el otro plan».
Miré a Victoria.
Ella había escuchado mis últimas palabras y ahora estaba completamente pálida.
—¿Qué otro plan? —susurró.
No tenía respuesta.
Y esa era la parte más aterradora.
Porque, por primera vez, ya no estábamos buscando únicamente explicaciones para las mentiras de Corinne.
Estábamos intentando descubrir qué había ocurrido durante las últimas horas de vida de Eleanor.
Y si aquella frase se refería a algo más que documentos, quizá la muerte que durante tres años habíamos considerado un accidente necesitaba ser examinada de nuevo.
No teníamos pruebas para afirmar lo contrario.
Pero ahora teníamos una razón para hacer las preguntas correctas.
Y, antes de que pudiera llamar otra vez a Arturo, llegó un último mensaje al teléfono de Victoria.
Era una fotografía de Maisie dormida en su cama.
La imagen había sido tomada desde el pasillo de nuestra casa.
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Debajo había una frase:
Eleanor tampoco supo cuándo dejar de hacer preguntas.
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