Calm

Chapter 8: El hombre que llevaba mi rostro había estado cerca de mi familia mucho antes de que naciera Emma

Thomas Reed había desaparecido de los registros de la empresa doce años antes.

Eso fue lo primero que Elena descubrió cuando comenzó a investigar su nombre.

Había trabajado para mi padre como asesor de seguridad privada, aunque sus funciones no aparecían claramente descritas en los contratos. Recibía un salario considerable, tenía acceso a varios edificios de la compañía y estaba autorizado para conducir vehículos pertenecientes a la familia.

Después, sin explicación pública, dejó de aparecer en las nóminas.

No hubo una carta de despido.

No hubo un acuerdo de confidencialidad registrado.

Simplemente desapareció.

Y ahora teníamos una fotografía que lo situaba junto a Grace la noche de su accidente.

—¿Está segura de que es el mismo hombre? —pregunté.

Elena colocó dos fotografías sobre el escritorio.

Una mostraba a Thomas durante una reunión empresarial.

La otra era la imagen tomada junto al automóvil de Grace.

Las semejanzas eran evidentes.

El mismo perfil.

La misma forma de inclinar la cabeza.

La misma marca oscura en la mano derecha.

—No podemos establecer una identificación definitiva únicamente con estas imágenes —explicó Elena—, pero hay suficientes coincidencias para investigarlo formalmente.

—¿Dónde está ahora?

—No lo sabemos.

—¿Y Andrew?

—Tampoco.

Me levanté y caminé hasta la ventana.

Había pasado años creyendo que mi familia estaba formada por personas que, pese a sus defectos, compartían una lealtad básica.

Mi padre había sido exigente, pero justo.

Grace había sido mi refugio.

Victoria había sido dominante, pero yo nunca había imaginado que pudiera permitir que alguien pusiera en peligro a su propia familia.

Y Andrew, a pesar de nuestras diferencias, había sido mi hermano.

Ahora no sabía en quién confiar.

—Quiero que revises todos los contratos de Thomas Reed —dije—. También sus pagos, sus direcciones y cualquier relación con Andrew.

Elena asintió.

—Hay algo que ya encontramos.

Sacó un documento.

—Thomas recibió una transferencia considerable dos días antes de la muerte de su padre. El dinero procedía de una cuenta relacionada con Blackwell Heritage Holdings.

Miré la cantidad.

Era suficiente para comprar una casa.

—¿Quién autorizó el pago?

Elena señaló la línea correspondiente.

Victoria Blackwell.

Cerré los ojos.

Mi madre había pagado a Karen para mantener a Emma lejos de mí.

Había bloqueado la llamada de Grace.

Y había autorizado dinero para un hombre que ahora aparecía vinculado con la noche del accidente.

No sabía si aquello demostraba que conocía un plan para hacerle daño a Grace, pero ya no podía ignorar la conexión.

—Necesito hablar con ella otra vez.

Elena negó lentamente con la cabeza.

—Primero debemos proteger a las niñas y asegurarnos de que los documentos estén a salvo. Si Victoria sabe que estamos investigando a Thomas, podría alertar a otras personas.

—¿Cree que sigue en contacto con él?

—No lo sé. Pero tenemos que actuar como si fuera posible.

Tenía razón.

Por mucho que quisiera enfrentar a mi madre, no podía permitir que mi necesidad de respuestas pusiera a Emma en peligro.

Ordené reforzar la seguridad de la casa y pedí que cualquier persona que quisiera visitar a las niñas fuera identificada previamente.

También hablé con Lily.

Le expliqué que estábamos investigando asuntos familiares y que algunos adultos podían mostrarse molestos, pero que ella no había hecho nada malo.

Lily me escuchó con una seriedad que me partió el alma.

—¿Emma va a tener que irse?

Me senté junto a ella.

—No.

—¿Aunque la abuelita diga que no puede quedarse?

—Aunque alguien lo diga. Estamos haciendo todo de manera legal para que Emma pueda estar segura.

Lily miró hacia la habitación de su hermana.

—No quiero que vuelva a estar sola.

Le tomé la mano.

—Yo tampoco.

Aquella tarde, las dos niñas pasaron horas dibujando en el jardín. Emma parecía más tranquila, aunque todavía se sobresaltaba cuando escuchaba una puerta cerrarse con fuerza.

Lily le enseñó a montar una bicicleta pequeña.

La primera vez que Emma perdió el equilibrio, Lily la sostuvo por el brazo.

La segunda vez, Emma consiguió avanzar varios metros antes de detenerse.

—¡Lo hice! —gritó.

Yo estaba junto a la terraza.

Por un instante, pude imaginar un futuro en el que ambas niñas crecerían juntas, pelearían por la ropa, discutirían por el control de la televisión y se reconciliarían compartiendo helado.

Un futuro normal.

Pero entonces sonó el teléfono de Daniel.

Elena había conseguido localizar a una antigua empleada de mi padre.

Se llamaba Margaret Ellis y había trabajado durante décadas en la administración de los asuntos familiares.

Según los registros, Margaret había sido la última persona que habló con Thomas Reed antes de que desapareciera de la empresa.

La encontramos en una residencia tranquila, al norte de Chicago.

Era una mujer de cabello blanco, de movimientos lentos y ojos muy atentos.

Cuando Elena le mostró la fotografía de Thomas, Margaret cerró los ojos.

—Sabía que algún día volverían a preguntar por él.

Me incliné hacia delante.

—¿Qué sabe?

Margaret miró primero a Elena y después a mí.

—Thomas no era solamente un empleado de su padre. Era su medio hermano.

Sentí que las palabras tardaban en adquirir sentido.

—¿Qué?

—Su padre tuvo una relación antes de casarse. Thomas era el hijo de aquella relación. Nunca lo reconoció públicamente porque su familia temía que el escándalo afectara los negocios.

Me quedé inmóvil.

Mi padre había ocultado la existencia de otro hijo.

Un hombre que se parecía a mí.

Un hombre que había trabajado para la empresa y desaparecido años antes del accidente de Grace.

—¿Andrew lo sabía?

Margaret asintió.

—Sí. Fue quien lo encontró.

—¿Por qué lo contrató mi padre?

—Al principio, su padre quería ayudarlo. Thomas había tenido una infancia difícil y necesitaba trabajo. Pero después comenzó a utilizar su parecido con usted para entrar en lugares donde no debía estar.

Elena tomó notas.

—¿Qué tipo de lugares?

—Oficinas, reuniones privadas, propiedades de la familia. Su padre lo descubrió y le prohibió volver a utilizar su identidad. Thomas desapareció poco después.

—¿Y Andrew?

Margaret apretó los labios.

—Andrew siguió en contacto con él.

Sentí que una pieza encajaba en el rompecabezas.

Andrew no necesitaba hacerse pasar por mí.

Tenía a alguien que podía hacerlo por él.

Alguien que podía conducir un automóvil con mi rostro, entrar a una reunión y convencer a los demás de que era Marcus Blackwell.

—¿Por qué se parecía tanto a mí? —pregunté.

Margaret me miró con tristeza.

—Porque compartían el mismo padre. Y porque la familia de Thomas tenía rasgos muy parecidos a los de su madre.

Me levanté y caminé unos pasos.

La fotografía ya no parecía imposible.

El hombre que aparecía junto a Grace podía ser Thomas.

Y si Thomas había estado en la carretera aquella noche, podía haber utilizado su parecido conmigo para confundir a los testigos.

Pero todavía necesitaba pruebas.

—¿Qué ocurrió la noche del accidente? —pregunté.

Margaret respiró profundamente.

—Andrew me llamó después de las diez. Me dijo que Grace había sufrido un accidente y que necesitaba que alguien retirara unos documentos de la oficina antes de que llegara la policía.

—¿Qué documentos?

—No lo sé. Nunca me los mostró.

—¿Y aceptó ayudarlo?

Margaret bajó la mirada.

—Sí.

Su confesión no sonó orgullosa.

Sonó cansada.

—Yo tenía miedo de perder mi empleo. Mi esposo estaba enfermo y dependíamos de mi salario. Me convencí de que solo estaba ayudando a ordenar unos archivos.

—¿Qué hizo?

—Fui a la oficina y encontré una carpeta con el nombre de Grace. Dentro había copias de movimientos bancarios y una declaración firmada por ella. También había una fotografía de Thomas junto a su automóvil.

Elena se inclinó hacia delante.

—¿Conservó esos documentos?

Margaret asintió.

—No podía destruirlos. Sabía que algo estaba mal.

Nos entregó una caja que había guardado durante años.

Dentro había varias carpetas, sobres y copias de documentos financieros.

El primer papel que revisé contenía una transferencia autorizada por Andrew.

El segundo mostraba una firma que parecía la de mi padre.

El tercero era una declaración de Grace en la que afirmaba que había descubierto una operación destinada a desviar dinero del fideicomiso.

Y el cuarto era una carta escrita por mi esposa.

«Marcus:

Si alguna vez lees esto, quiero que sepas que no estaba intentando destruir a tu familia. Estaba intentando proteger a nuestras hijas de una mentira que se había convertido en algo demasiado grande.

Andrew encontró a Thomas y lo utilizó para entrar en lugares donde tú nunca habrías estado. No sé cuánto tiempo lleva haciéndolo, pero he encontrado pruebas de que alguien ha firmado documentos en tu nombre.

Tengo miedo de que, cuando descubras todo, pienses que te oculté algo porque no confiaba en ti.

La verdad es que tenía miedo de que te hicieran daño.

Y no podía soportar la idea de que nuestras niñas crecieran sin ninguno de sus padres».

Tuve que dejar la carta sobre la mesa.

Grace no había desconfiado de mí.

Había intentado protegerme.

Pero al hacerlo, había quedado atrapada en una red de secretos que nadie debería haber tenido que enfrentar sola.

Elena revisó el resto de los documentos.

—Hay una cuenta bancaria asociada a estas transferencias. Si todavía existe, podemos solicitar sus movimientos.

—Hágalo.

Margaret se levantó lentamente.

—Hay algo más que debe saber, señor Blackwell.

Me volví hacia ella.

—¿Qué?

—La última vez que vi a Thomas, no estaba solo. Llevaba una fotografía de Grace y una dirección escrita en un papel.

—¿Qué dirección?

Margaret sacó una hoja de su bolso.

La dirección correspondía a una antigua casa de campo que había pertenecido a mi padre.

Yo la conocía.

Era una propiedad que llevaba años cerrada, situada a las afueras de Chicago.

—¿Qué hacía allí?

Margaret negó con la cabeza.

—No lo sé. Pero Andrew me dijo que, si alguna vez alguien preguntaba por Thomas, debía decir que se había marchado del país.

Guardé la dirección.

Antes de salir, le agradecí su ayuda y le aseguré que Elena se encargaría de proteger los documentos.

De regreso a casa, no pude dejar de pensar en la propiedad.

Si Thomas había estado allí, quizá todavía quedaban pruebas.

Pero al llegar encontré una nota debajo de la puerta principal.

No tenía remitente.

Solo mi nombre.

La abrí.

«Marcus, si quieres saber por qué Grace murió, ven solo a la casa de campo. No lleves a la policía. No confíes en Andrew ni en Victoria. La respuesta está en el lugar donde tu padre guardaba sus secretos».

Debajo aparecía una hora.

Las diez de la noche.

Miré a Daniel.

—Quiero que revises la dirección y contactes a Elena. No voy a entrar sin apoyo.

Daniel asintió.

—¿Y si es una trampa?

Miré hacia el jardín.

Lily estaba ayudando a Emma a recoger los juguetes.

—Entonces no voy a caer en ella.

A las nueve y media, recibimos una llamada de la residencia donde se encontraba Victoria.

Había desaparecido.

Su automóvil seguía estacionado frente al edificio, pero nadie sabía adónde había ido.

Poco después, Daniel recibió una fotografía enviada desde un número desconocido.

Mostraba a mi madre de pie frente a la casa de campo.

Y detrás de ella aparecía Thomas Reed.

En el reverso de la imagen, alguien había escrito:

«La última persona que vio a Grace con vida no fue Andrew».

Sentí que el corazón se me detenía.

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Porque si Thomas había estado allí, y mi madre acababa de reunirse con él, entonces la verdad sobre la muerte de mi esposa podía encontrarse a pocos kilómetros de mi casa.

Y yo estaba a punto de descubrir si las dos personas que me habían mentido durante siete años todavía estaban dispuestas a hacerlo una vez más.

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