Calm

Chapter 5: El hombre de la fotografía sabía por qué Nathan tenía miedo

La primera reacción de Helen fue llamar a la policía.

La segunda fue detenerse.

No porque quisiera proteger a Cole, sino porque Patricia le recordó que debían actuar con cuidado. Tenían una carta, una anotación de farmacia y el testimonio de un antiguo empleado. Eran indicios importantes, pero todavía no sabían quién era el hombre de la fotografía ni qué relación tenía con la muerte de Nathan.

—Si queremos justicia, necesitamos algo más sólido que sospechas —explicó la abogada—. Vamos a identificarlo y a averiguar por qué estaba con Nathan.

Wren no apartaba los ojos de la imagen.

El hombre llevaba una camisa clara y parecía mirar directamente hacia la cámara. La cicatriz cerca de la ceja izquierda apenas se distinguía, pero ahora que Arturo la había mencionado, era imposible no verla.

—Mi papá nunca me habló de él —dijo.

Helen le acarició la mano.

—Tal vez no quería preocuparte.

—O tal vez sabía que estaba en peligro.

Patricia cerró la carpeta.

—Las dos cosas son posibles. No debemos confundir lo que tememos con lo que podemos demostrar.

La abogada pidió a Arturo que firmara una declaración sobre lo que recordaba. Después se comprometió a solicitar, por las vías legales correspondientes, la conservación de los registros que aún pudieran existir.

Antes de marcharse, el antiguo empleado volvió a mirar la fotografía.

—Hay algo más que no les dije.

Wren levantó la cabeza.

—¿Qué?

—El hombre de la cicatriz llevaba una credencial de una empresa de suministros médicos. No recuerdo el nombre completo, pero el logotipo tenía una figura azul.

Patricia anotó la información.

—¿Está seguro de que era una empresa médica?

—Casi seguro. La credencial estaba colgada de su cuello.

Helen miró a su nieta.

La caja azul ya no contenía solo una advertencia escrita por Nathan.

Era la puerta de entrada a una historia que alguien había intentado borrar.

Dos días después, Patricia recibió una respuesta preliminar de un antiguo directorio comercial.

Entre los nombres de varias empresas de suministros médicos que habían operado en la zona, apareció una compañía que llevaba años cerrada: Medisur Distribuciones.

Uno de sus antiguos supervisores se llamaba Julián Ortega.

Patricia encontró una dirección desactualizada y un número telefónico que ya no estaba en servicio. Sin embargo, el expediente mercantil mencionaba una dirección más reciente vinculada a un pequeño taller de reparación de aparatos médicos.

No era suficiente para confirmar que se trataba del hombre de la fotografía.

Pero sí era un comienzo.

—Voy a hacer unas llamadas —les dijo a Helen y Wren—. Ustedes no deben buscarlo por su cuenta.

Wren asintió, aunque la impaciencia le quemaba por dentro.

Quería saber qué había ocurrido el viernes anterior a la muerte de su padre.

Quería saber por qué Nathan había escrito que debía revisar sus medicamentos.

Y quería saber por qué Cole se había asustado tanto cuando descubrió que la caja azul había aparecido.

Pero, sobre todo, quería escuchar a alguien decir que ella no había imaginado nada.

Que aquella niña de siete años había visto algo real.

Mientras Patricia investigaba, Evelyn intentaba reconstruir su propia memoria.

Había pasado años recordando la muerte de Nathan como una sucesión de imágenes confusas: la ambulancia, el hospital, el médico que hablaba de un evento cardíaco y Cole abrazándola en el pasillo.

Ahora, los recuerdos regresaban con detalles que había preferido olvidar.

El viernes, Nathan había recibido una llamada.

Evelyn lo recordaba porque él había salido al patio para contestar y regresado con el rostro tenso.

—¿Quién era? —le había preguntado.

—Nadie importante.

—Te ves preocupado.

Nathan había guardado el teléfono.

—Necesito revisar unas cosas.

Ella había pensado que se trataba del trabajo.

No había insistido.

Más tarde, Cole llegó a la casa. Entró en la cocina, abrió el cajón de los medicamentos y dijo que quería organizar los frascos para evitar confusiones.

Evelyn lo había visto con sus propios ojos.

También recordaba que, cuando Nathan apareció en la puerta, Cole cerró el cajón de golpe.

—¿Qué haces? —preguntó su esposo.

—Te estoy ayudando.

—No necesito que nadie cambie mis medicamentos.

Cole había levantado las manos.

—Como quieras.

Después se marchó.

Y Evelyn, en lugar de preguntarle a Nathan por qué parecía tan inquieto, había pasado el resto de la tarde esperando un mensaje de Cole.

La vergüenza le provocó náuseas.

No podía cambiar lo ocurrido.

Pero podía dejar de mentir.

Aquella noche, se sentó frente a Wren en la sala de Helen.

—Quiero contarte todo lo que recuerdo de ese viernes.

Wren la miró con cautela.

—¿Por qué ahora?

—Porque no puedo pedirte que confíes en mí mientras sigo escondiendo cosas.

La joven no respondió.

Evelyn respiró hondo.

Le habló de la llamada de Nathan, del cajón abierto y de la discusión que había escuchado desde el pasillo. Le confesó que Cole había comenzado a quedarse en la casa mucho antes de que ella admitiera que su relación se había vuelto inapropiada.

Y le contó algo que jamás había compartido con nadie.

—La noche antes de que tu papá muriera, Nathan me preguntó si estaba segura de que Cole era una persona de confianza.

Wren se quedó inmóvil.

—¿Qué le dijiste?

Evelyn comenzó a llorar.

—Le dije que estaba siendo injusto con su hermano.

—¿Y por qué te preguntó eso?

—No lo sé. Nunca me explicó qué había descubierto.

Wren se puso de pie.

—¡Pero pudiste preguntarle!

—Sí.

—¡Pudiste escuchar a papá!

—Sí, Wren.

Evelyn no intentó defenderse.

—Tienes razón. Debí escucharlo.

La joven se volvió hacia la ventana.

—No sé si algún día voy a poder perdonarte.

Evelyn bajó la cabeza.

—No voy a exigírtelo.

Fue la primera respuesta que Wren pudo aceptar sin sentir que su madre estaba intentando comprar su perdón.

No la abrazó.

No le dijo que todo estaría bien.

Pero tampoco se marchó.

Y, por el momento, eso fue suficiente.

La llamada de Patricia llegó a la mañana siguiente.

Había localizado a Julián Ortega.

El hombre aceptó reunirse con ellas, pero puso una condición: quería que la conversación se realizara en presencia de su abogado.

—Eso no significa que sea culpable de nada —aclaró Patricia—. Solo significa que debemos ser cuidadosas.

Se encontraron en una oficina pequeña, cerca del centro de la ciudad.

Julián era un hombre de poco más de cincuenta años, delgado y de cabello entrecano. Tenía una cicatriz fina junto a la ceja izquierda.

Wren lo reconoció inmediatamente.

Era el hombre de la fotografía.

Julián también reconoció la imagen cuando Patricia la colocó sobre la mesa.

Su expresión cambió.

—¿De dónde sacaron esto?

—Pertenecía a Nathan Mercer —respondió la abogada.

Julián miró a Helen.

—¿Nathan murió?

—Hace siete años.

El hombre cerró los ojos.

—Entonces pasó lo que temía.

Wren sintió que se le aceleraba el pulso.

—¿Qué temía?

Julián miró a su abogado antes de responder.

—Conocí a Nathan por mi trabajo. Mi empresa suministraba productos médicos a varias farmacias. En aquella época, yo supervisaba los registros de entrega y control de inventario.

—¿Qué relación tenía con mi papá? —preguntó Wren.

—Nathan descubrió una irregularidad.

Patricia se inclinó hacia delante.

—¿De qué tipo?

Julián vaciló.

—No puedo asegurarles que estuviera relacionada con sus medicamentos personales. Lo que sí sé es que encontró diferencias entre ciertos pedidos, las facturas y los registros de entrega.

—¿Y Cole? —preguntó Helen.

Julián se pasó una mano por el rostro.

—Cole trabajaba con un intermediario que compraba suministros a varias empresas. Nathan encontró documentos que parecían vincularlos con entregas que no coincidían con lo facturado.

Wren sintió que la habitación comenzaba a darle vueltas.

—¿Mi papá descubrió que Cole estaba haciendo algo ilegal?

—Descubrió irregularidades que necesitaban una investigación. No sé qué más averiguó después.

—¿Por qué no fue a la policía?

Julián miró la fotografía.

—Porque quería confirmar los datos antes de acusar a su hermano. Me llamó para preguntarme cómo podía verificar los registros.

Helen apretó los labios.

—¿Y usted lo ayudó?

—Intenté hacerlo. Le dije que conservara copias y que no confrontara a nadie sin asesoría. Dos días después, me enteré de que había muerto.

El silencio se volvió insoportable.

Wren tenía los ojos llenos de lágrimas.

—¿Cole sabía que usted estaba hablando con mi papá?

Julián tardó demasiado en responder.

—Sí.

Patricia intervino.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque me buscó el viernes. Quería que le dijera qué documentos había revisado Nathan.

—¿Qué le contestó?

—Que no iba a discutir información de la empresa con él.

Julián bajó la mirada.

—Se enojó. Me dijo que estaba metiéndome en asuntos familiares que no me correspondían.

Wren se inclinó hacia delante.

—¿Y después?

—No volví a hablar con Nathan. Cuando me enteré de su muerte, decidí no acercarme a la familia. Pensé que, si había ocurrido algo grave, las autoridades investigarían.

—Pero nadie investigó —dijo Helen.

Julián guardó silencio.

Su abogado le recordó que no debían hacer afirmaciones que no pudieran respaldar. Patricia estuvo de acuerdo y le preguntó si conservaba documentos de aquella época.

El hombre asintió.

—Tengo copias de algunos correos y registros de inventario. No puedo entregárselos sin revisar mis obligaciones legales, pero puedo pedir que mi abogado determine qué información puede proporcionarse.

—Necesitamos conservar todo lo relacionado con Nathan y Cole —dijo Patricia—. Si existe evidencia de una irregularidad, no debe desaparecer.

Julián prometió consultar con su abogado.

Antes de levantarse, miró a Wren.

—Tu padre no era un hombre paranoico. Era cuidadoso. Si escribió algo, probablemente tenía una razón.

Wren apretó los puños.

—Eso es lo que llevo siete años intentando explicar.

Julián bajó la mirada.

—Lo siento.

Pero una disculpa no podía devolverle a Nathan.

Y tampoco podía explicar por qué la investigación sobre las irregularidades comerciales parecía conectarse con las medicinas que su padre había tomado durante sus últimas horas.

Esa noche, Cole apareció en casa de Evelyn sin avisar.

Llevaba una bolsa con comida y una expresión tranquila.

—Pensé que podríamos cenar juntos —dijo.

Evelyn no se movió de la puerta.

—No es un buen momento.

Cole miró por encima de su hombro.

—¿Está Wren?

—No voy a dejar que hables con ella a solas.

La sonrisa de Cole se desvaneció.

—¿Ahora me tienes miedo?

Evelyn sintió que las piernas le temblaban, pero no retrocedió.

—Ya no sé quién eres.

Cole dejó la bolsa sobre una mesa.

—Soy el hombre que estuvo contigo durante los peores años de tu vida.

—Y también eres el hombre al que Nathan temía.

Durante un instante, Cole pareció quedarse sin palabras.

Después soltó una carcajada breve.

—¿Eso te dijo Wren?

—Encontramos la caja azul.

El silencio fue inmediato.

Evelyn vio cómo su cuñado apretaba la mandíbula.

—¿Qué había dentro?

—Cartas de Nathan. Notas sobre sus medicamentos. Documentos que demuestran que estaba preocupado por ti.

—Por mí no —corrigió Cole—. Por su propia desconfianza.

—¿Quién era Julián Ortega?

La pregunta lo golpeó como una bofetada.

Cole miró hacia el pasillo.

—¿Has estado hablando con él?

Evelyn no respondió.

Y esa fue su respuesta.

Cole se acercó un paso.

—Escúchame con atención. No sabes en qué te estás metiendo.

—Entonces explícame la verdad.

Él la miró durante varios segundos.

Después habló con una calma que le heló la sangre.

—La verdad es que Nathan estaba a punto de destruir a esta familia por algo que ni siquiera entendía.

—¿Qué cosa?

Cole se detuvo.

Había hablado demasiado.

Evelyn lo vio darse cuenta.

—Vete de mi casa —dijo ella.

Cole tomó su bolsa.

—No sabes lo que estás haciendo.

—¡Fuera!

Él llegó hasta la puerta, pero antes de salir se volvió hacia ella.

—Si sigues buscando respuestas, Evelyn, vas a descubrir cosas sobre tu esposo que tal vez no quieras saber.

La puerta se cerró.

Evelyn permaneció inmóvil hasta escuchar el automóvil alejarse.

Entonces corrió al teléfono y llamó a Patricia.

—Tenemos que proteger a Wren —dijo—. Cole acaba de confirmar que conoce a Julián.

La abogada guardó silencio durante un segundo.

—¿Qué más dijo?

Evelyn miró hacia la fotografía de Nathan que descansaba sobre la repisa.

—Dijo que mi esposo estaba a punto de destruir a la familia por algo que no entendía.

Patricia respiró profundamente.

—Eso significa que Cole teme lo que podamos descubrir.

Evelyn cerró los ojos.

—¿Y si Nathan descubrió algo que va más allá de sus medicamentos?

—Entonces tendremos que averiguarlo.

Cuando colgó, Evelyn encontró a Wren en la entrada de la sala.

La joven había escuchado parte de la conversación.

—¿Qué quiso decir Cole cuando dijo que papá iba a destruir a la familia?

Evelyn se acercó lentamente.

—No lo sé.

Wren miró la fotografía.

—Entonces vamos a descubrirlo.

Pero ninguna de las dos sabía que, mientras hablaban, alguien acababa de dejar un sobre debajo de la puerta de Helen.

Dentro había una copia de un documento antiguo.

En la parte superior aparecía el nombre de Nathan Mercer.

Debajo, una fecha: el domingo de su muerte.

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Y al final de la página había una firma que no pertenecía ni a Nathan ni a Cole.

Era la firma de Evelyn.

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