Chapter 4: La promesa que hizo temblar a los Sterling
—¿Qué fue lo que dijiste, Chloe? —preguntó el oficial Ortega.
La novia se quedó inmóvil en el umbral de la oficina.
Su vestido blanco, que unas horas antes parecía hecho para una portada de revista, ahora tenía el dobladillo arrugado y una pequeña mancha de champaña cerca de la cintura. Sin embargo, no era su apariencia lo que había cambiado. Era su mirada.
Por primera vez desde que comenzó el escándalo, Chloe parecía una mujer que no sabía qué hacer.
—No dije nada importante —contestó.
Ortega cerró lentamente su libreta.
—Acabas de decirle a tu madre que ella te prometió que esto no iba a pasar. Me gustaría saber a qué te referías.
—A la boda, oficial. A todo este desastre. Mi mamá me prometió que iba a ser una noche perfecta.
Eleanor reaccionó al instante.
—Exactamente. Mi hija está alterada. Lleva horas organizando su boda y ahora la obligan a soportar preguntas absurdas.
—Señora Sterling, nadie está cuestionando que la señorita esté alterada. Estamos tratando de aclarar una posible sustracción de una joya y una acusación contra otra persona.
—¡Pues la joya estaba en su bolso!
Eleanor me señaló con tanta fuerza que una de sus pulseras chocó contra la otra.
Yo permanecí sentada.
No porque me faltaran ganas de responder, sino porque la pequeña me había dado una patada justo debajo de las costillas. Respiré despacio, apoyando la espalda contra la silla.
Ortega lo notó.
—Señora Vivienne, ¿se encuentra bien?
—Sí. Solo necesito estar sentada unos minutos más.
—Podemos solicitar asistencia médica si lo necesita.
—Gracias. Por ahora estoy bien.
Daniel dio un paso hacia mí.
—¿Ves lo que está pasando? Todo esto la está afectando. Deberíamos terminar con las preguntas y llevarla a casa.
Me volví hacia él.
—No uses mi embarazo para detener una investigación que tú mismo has dicho que debería hacerse.
—No estoy intentando detener nada.
—Entonces deja que el oficial trabaje.
Su rostro se endureció.
Conocía esa expresión. Daniel la utilizaba cuando alguien cuestionaba su autoridad, aunque él nunca hubiera sido quien realmente tomaba las decisiones dentro de su familia.
Ortega volvió a mirar a Chloe.
—Necesito que me expliques exactamente a qué te referías.
La novia tragó saliva.
—Ya se lo dije. Mi mamá me prometió que la boda sería perfecta.
—¿Ella te prometió que la boda sería perfecta o te prometió que algo específico no ocurriría?
Chloe abrió la boca.
Su madre se interpuso.
—Esto es una falta de respeto.
—Señora, le solicito nuevamente que no responda por su hija.
Eleanor apretó los labios.
Durante un instante pareció dispuesta a discutir con el oficial, pero algo en la expresión de Ortega la hizo guardar silencio.
Chloe bajó los ojos hacia sus manos.
—No recuerdo exactamente cómo lo dije.
—Está bien. Entonces hablemos de la sortija. ¿Quién sabía que la llevarías puesta esta noche?
—Toda mi familia.
—¿Quién tuvo acceso a ella antes de la recepción?
—Mi mamá, mi dama de honor y el joyero que la revisó hace unas semanas.
—¿Dónde estuvo guardada antes de que te la pusieras?
—En el tocador de la suite nupcial.
—¿Estuvo siempre bajo tu supervisión?
Chloe miró a su madre antes de contestar.
Ese pequeño movimiento fue suficiente para que yo comprendiera que había una parte de aquella historia que no quería contar.
—No exactamente —admitió—. Mi mamá me ayudó a prepararme.
—¿Y quién más entró en la suite?
—Adrian. Unos minutos. También mi dama de honor y la fotógrafa.
Ortega tomó nota.
—¿Alguien más?
—No lo sé.
—¿Había una caja para guardar la sortija?
—Sí.
—¿La caja está disponible?
Chloe se quedó callada.
—Creo que sí —respondió finalmente.
—Necesitaremos que se conserve junto con cualquier documento que permita identificar la joya.
Eleanor soltó una risa amarga.
—¿Ahora también van a investigar nuestras pertenencias privadas?
—Solo solicitamos los elementos relacionados con los hechos que estamos verificando.
—Esto es una locura.
En ese momento, Adrian apareció en la entrada.
El novio había pasado buena parte de la noche hablando con los organizadores y tratando de convencer a los invitados de que la recepción podía continuar en cuanto se resolviera el asunto. Llevaba el saco desabrochado y la corbata floja.
Miró a Chloe.
—¿Qué está pasando?
Ella corrió hacia él.
—Adrian, por fin. Diles que esto es absurdo. Quieren interrogarnos como si fuéramos delincuentes.
Adrian la sostuvo por los hombros.
—Cálmate. ¿Qué te preguntaron?
—Lo mismo una y otra vez. Quieren saber quién tuvo acceso a la sortija.
Adrian bajó la mirada hacia su mano izquierda.
—¿Y qué les dijiste?
—Lo que pasó.
Él no respondió de inmediato.
Después miró a Eleanor.
—¿Qué quiso decir Chloe cuando dijo que le habías prometido que esto no iba a pasar?
El rostro de mi suegra se puso rígido.
—No es momento para discutir asuntos familiares, Adrian.
—No estoy discutiendo. Estoy preguntando.
Chloe le apretó el brazo.
—No empieces tú también.
Adrian apartó suavemente sus manos.
—Chloe, alguien acaba de acusar a una mujer embarazada de robar una joya. Se encontró en su bolso. Ahora el personal del hotel está diciendo que vio a tu mamá cerca de esa mesa. Es normal que quiera entender qué está pasando.
—¿Estás de su lado? —preguntó ella, señalándome.
—Estoy de mi lado de la verdad.
La frase hizo que el silencio se extendiera por la habitación.
Por primera vez, alguien de la familia de Chloe había dicho algo que no estaba diseñado para protegerla.
Eleanor miró a Adrian con desprecio.
—Te recuerdo que acabas de casarte con mi hija.
—Lo sé, señora Sterling.
—Entonces compórtate como su esposo.
Adrian sostuvo su mirada.
—Ser su esposo no significa que deba fingir que todo está bien.
Chloe soltó un sollozo y se cubrió el rostro.
No pude evitar sentir una punzada de tristeza. Incluso después de todo lo que me había hecho, seguía reconociendo en ella a una mujer desesperada por controlar una situación que ya no podía manejar.
Pero sentir lástima no significaba olvidar.
Ortega pidió hablar con Adrian por separado. El joven aceptó y se apartó con el oficial hacia un extremo de la oficina.
Mientras tanto, Lucía se acercó a mí.
—Señora Vivienne, ¿podría acompañarme un momento? Necesito hacerle unas preguntas sobre el bolso y sobre las personas que se acercaron a la mesa.
Asentí.
La acompañé hasta otra sala, donde una empleada me ofreció una bata ligera del área de primeros auxilios para que pudiera cubrir mejor el vestido roto. Me la puse con cuidado.
Al regresar, encontré a Daniel esperándome en el pasillo.
—Tenemos que hablar —dijo.
—Ya hablamos.
—No así. A solas.
—¿Para qué?
Se pasó la mano por la cara.
—Para saber qué quieres conseguir con todo esto.
Lo miré sin comprender.
—Quiero que se sepa la verdad.
—No me refiero a eso. ¿Qué esperas que pase con mi familia?
—No espero nada de tu familia, Daniel. No necesito que me quieran. Solo necesito que dejen de tratarme como si fuera una delincuente.
Él miró hacia la oficina.
—Mi madre está muy nerviosa.
—Qué lástima. Yo también estoy nerviosa. Estoy embarazada de ocho meses, acaban de romperme el vestido y tu hermana me acusó de robar una joya. Sin embargo, parece que solo importa cómo se siente tu madre.
—No es justo.
—No, Daniel. Lo que pasó esta noche no fue justo.
Él guardó silencio.
Por un momento pensé que por fin iba a decir algo sincero. Algo como que se había equivocado al no defenderme. Algo que reconociera el daño que me había hecho al permanecer a un lado mientras su familia me humillaba.
Pero Daniel respiró hondo y pronunció las palabras que terminaron de abrirme los ojos.
—Si cooperas, mi madre podría ayudarte a solucionar esto sin que afecte tu reputación.
Sentí frío.
—¿Ayudarme?
—Sí. Podríamos decir que todo fue una confusión. La sortija apareció, nadie salió lastimado y tú te disculpas por la manera en que reaccionaste.
Lo miré, convencida de que había escuchado mal.
—¿Quieres que me disculpe por negarme a aceptar una culpa que no es mía?
—Quiero evitar que esto destruya a la familia.
—¿Y qué hay de mí? ¿De nuestra hija?
No respondió.
Me acerqué un poco.
—Daniel, escúchame bien. Si vuelves a pedirme que mienta para proteger a los Sterling, no habrá ninguna conversación posterior que pueda arreglarlo.
Su rostro palideció.
—¿Me estás amenazando con dejarme?
—No. Te estoy diciendo que tus decisiones tienen consecuencias.
Un golpe seco resonó desde la oficina.
Ambos nos volvimos.
Chloe había salido, seguida por su madre. Tenía los ojos hinchados, pero su expresión había cambiado. Ahora miraba a Adrian como si él acabara de traicionarla.
—¿Cómo pudiste decirles eso? —le reclamó.
Adrian salió detrás de ella.
—Dije que vi a tu mamá entrar en la suite antes de la ceremonia. No dije que hubiera tomado nada.
Eleanor se quedó petrificada.
Yo también.
Ortega apareció en la puerta.
—Señorita Chloe, su esposo acaba de informar que la sortija estuvo fuera de su lugar habitual antes de la recepción y que usted discutió con su madre por ese motivo. Necesitamos que nos explique qué ocurrió.
Chloe miró a Adrian con una mezcla de rabia y miedo.
—¡No tenías derecho a contar eso!
Adrian bajó la voz.
—Tú me dijiste que no hablara de la caja.
Eleanor cerró los ojos.
Y entonces entendí que la sortija no era el único objeto del que aquella familia había estado hablando esa noche.
Había una caja.
Había una promesa.
Y había algo que Chloe le había pedido a su nuevo esposo que mantuviera en secreto.
El oficial Ortega se acercó un paso.
—¿Qué caja, señorita Chloe?
Ella no contestó.
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Por primera vez, Eleanor tampoco intentó hacerlo por ella.
Y aquel silencio terminó siendo más revelador que todas las amenazas de la noche.
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