Calm

Chapter 3: La firma falsa, los millones desaparecidos y una grabación que Richard jamás debió dejar atrás

A las nueve de la mañana, Richard Harrington recibió una llamada que le hizo comprender que su matrimonio ya no era el único problema que tenía.

La policía había obtenido una orden para revisar las grabaciones del juzgado y quería interrogarlo sobre lo sucedido en las escaleras.

Su abogado, Gregory Shaw, estaba sentado frente a él en una sala de juntas de Harrington Commercial Group.

—No respondas preguntas sin que yo esté presente —le advirtió Gregory—. No improvises. No intentes explicar lo que crees que ocurrió.

Richard se frotó la frente.

—Yo no empujé a Khloe.

—No te estoy acusando de haberlo hecho. Estoy tratando de evitar que digas algo que pueda interpretarse como una admisión de conocimiento previo.

Richard levantó la mirada.

—¿Conocimiento previo de qué?

Gregory dejó una carpeta sobre la mesa.

—De cualquier discusión, amenaza o acuerdo relacionado con el incidente.

Richard se quedó callado.

En realidad, sabía perfectamente que la policía encontraría algo más que una discusión.

Había acudido al juzgado con dos objetivos: conseguir que Khloe firmara el acuerdo privado y evitar que ella presentara pruebas sobre las transferencias de dinero.

Vanessa debía presionarla.

Eso era todo.

Richard jamás había imaginado que su amante la empujaría por las escaleras.

Mucho menos había imaginado que se quedaría paralizado al verla caer.

Pero, en cuanto vio a Harrison arrodillado junto a su esposa, entendió que su inmovilidad también tendría consecuencias.

—Necesito que arregles esto —dijo.

Gregory lo miró con frialdad.

—No puedo borrar una grabación ni hacer desaparecer a los testigos. Lo que sí puedo hacer es proteger tus derechos y ayudarte a responder de manera adecuada.

—Harrison va a destruirme.

—Harrison Cole no puede condenarte por su cuenta. Si hay pruebas de fraude, habrá una investigación. Si no las hay, no tienes por qué entrar en pánico.

Richard soltó una risa nerviosa.

—¿No has entendido quién es ese hombre?

—Sí. Y precisamente por eso te estoy diciendo que dejes de actuar como si todavía pudieras controlar a todos.

Richard se levantó y caminó hasta la ventana.

Desde el piso veintisiete, Filadelfia parecía una maqueta perfectamente ordenada. Los edificios, las avenidas y los vehículos formaban una imagen de progreso que él había aprendido a utilizar para vender confianza.

Durante años, su apellido había abierto puertas.

Los bancos aceptaban sus propuestas.

Los inversionistas confiaban en sus cifras.

Los funcionarios contestaban sus llamadas.

Richard había llegado a creer que las reglas eran obstáculos diseñados para personas menos inteligentes.

Ahora, por primera vez, las reglas parecían estar cerrándose a su alrededor.

—Necesito hablar con Vanessa —murmuró.

Gregory cerró la carpeta.

—No. Por ahora no debes comunicarte con ella sobre el incidente. Cualquier mensaje podría convertirse en evidencia.

Richard apretó los dientes.

Su teléfono vibró.

Era un mensaje de Vanessa.

«Necesito verte. Hay algo que no te dije».

Richard lo leyó dos veces.

—¿Qué pasa? —preguntó Gregory.

—Nada.

Guardó el teléfono en el bolsillo.

Pero su expresión lo traicionó.

En el hospital, Khloe estaba sentada en la cama con ayuda de una enfermera cuando Harrison regresó con una bolsa transparente que contenía sus pertenencias.

Dentro estaban su teléfono, unas llaves y una cartera pequeña.

El bolso principal seguía bajo resguardo de la policía.

—¿Cómo te sientes? —preguntó Harrison.

—Cansada. Adolorida. Y furiosa.

—Eso último parece una señal de que sigues siendo tú.

Khloe soltó una risa breve que terminó en una mueca de dolor.

—No me hagas reír. Me duele todo.

Harrison acercó una silla.

—Daniel consiguió una copia del acuerdo que apareció en el juzgado. Quiero que lo revises cuando te sientas capaz.

Ella asintió.

Harrison sacó una reproducción del documento y la colocó sobre la mesa auxiliar.

Khloe lo observó.

Al llegar a la última página, su rostro cambió.

—Esa no es mi firma.

—Lo imaginaba.

—No. Harry, mírala bien. Alguien intentó copiarla, pero cometió un error.

Señaló el final del apellido.

—Yo siempre termino la última letra con una línea hacia arriba. Aquí la línea baja. Y mi segundo apellido aparece incompleto.

Harrison estudió la firma.

—¿Quién tiene acceso a tus documentos personales?

—Richard. Su asistente. Nuestro administrador de propiedades. Y, hasta hace poco, Vanessa.

—¿Por qué Vanessa?

Khloe apartó la mirada.

—Ella diseñó algunas áreas de nuestra casa. Richard le dio acceso a archivos de remodelación y contratos. También tenía acceso a mi correo electrónico para coordinar cambios.

Harrison tomó nota.

—¿Alguna vez firmaste documentos digitales desde tu cuenta?

—Sí, algunos contratos de remodelación. Pero nunca un acuerdo de divorcio.

—¿Conservas los correos?

—En la memoria USB.

Harrison guardó el documento.

—Daniel está coordinando la preservación de los registros. En cuanto podamos acceder legalmente a los archivos, revisaremos las fechas y los metadatos.

Khloe se quedó mirando el techo.

—No puedo creer que llegara tan lejos.

—¿Qué fue lo que te hizo sospechar de Richard al principio?

Ella tardó en contestar.

—La primera vez que vi un mensaje de Vanessa, pensé que era una aventura. Una de esas relaciones que terminan cuando la realidad alcanza a la gente. Después encontré las transferencias.

—¿Y entonces?

—Entonces entendí que Richard no solo estaba siendo infiel. Estaba preparando mi salida de su vida como si yo fuera una propiedad que necesitaba liquidar.

Harrison no la interrumpió.

—Yo estaba embarazada de cinco meses. Había pasado años deseando tener un bebé. Pensé que cuando él supiera que íbamos a tener una hija, algo cambiaría.

Khloe bajó la voz.

—Pero él ni siquiera quiso acompañarme a una cita médica. Una vez le pedí que escuchara el latido de la bebé y me dijo que tenía una reunión importante.

Harrison sintió una presión en el pecho.

—Debí haber estado más pendiente.

—No, Harry. No hagas eso.

Ella le apretó la mano.

—Tú no hiciste esto. Richard eligió mentir. Vanessa eligió hacerme daño. No voy a permitir que ellos también me quiten la relación que tengo contigo.

Harrison bajó la cabeza.

Durante años había intentado protegerla sin invadir su independencia. Khloe siempre había sido la persona que insistía en resolver sus propios problemas.

Pero ahora había una niña recién nacida en una incubadora y un hombre que había tratado de borrar a su esposa de sus cuentas, de su vida y posiblemente de la historia de su propia hija.

—Voy a ayudarte a recuperar lo que te corresponde —dijo él—. Y voy a asegurarme de que las autoridades tengan las pruebas necesarias para investigar lo demás.

Khloe asintió.

—Hay otra cosa.

Harrison volvió a mirarla.

—Dime.

—Antes de que me empujara, Vanessa me dijo que yo ya había firmado los papeles. Que no importaba lo que hiciera, porque el acuerdo estaba cerrado.

—¿Estás segura de esas palabras?

—Completamente.

Harrison sintió que la pieza que faltaba empezaba a tomar forma.

—Entonces sabía que existía el documento.

—Y estaba convencida de que yo no podía detenerlo.

Él se puso de pie.

—Descansa. Voy a hablar con Daniel.

Khloe lo sujetó de la manga.

—Harry.

—¿Sí?

—No dejes que se lleven a mi hija.

La frase le atravesó el corazón.

—Nadie va a separarte de ella por una mentira. Vamos a hacer las cosas bien, con pruebas y por las vías legales. Pero tú concéntrate en recuperarte.

Khloe lo soltó.

Harrison salió de la habitación con una certeza nueva: el acuerdo falso no era un simple papel abandonado en el juzgado.

Era una pieza de una estrategia mucho más amplia.

A mediodía, Daniel consiguió localizar a una antigua empleada de Harrington Commercial Group llamada Melissa Grant.

Había trabajado durante cuatro años en el departamento de contabilidad antes de renunciar abruptamente, tres meses atrás.

Ahora estaba sentada frente a Harrison en una oficina discreta, con las manos alrededor de una taza de té que apenas había probado.

—No quiero problemas —dijo Melissa—. Tengo dos hijos. No puedo perder otro trabajo por meterme en esto.

Harrison no abrió la carpeta que tenía delante.

—No voy a pedirte que hagas nada ilegal. Quiero saber si observaste operaciones que te parecieron irregulares y si conservas registros obtenidos legítimamente.

Melissa miró a Daniel.

Después volvió los ojos hacia Harrison.

—Durante el último año, me pidieron procesar pagos para empresas que no aparecían en los contratos habituales. Siempre había una explicación. Consultoría, adquisición de terrenos, gastos administrativos.

—¿Quién autorizaba los pagos?

—El director financiero. Pero las instrucciones llegaban desde la oficina de Richard.

—¿Conservas algún correo?

—Algunos. Los que recibí en mi cuenta personal por error cuando estaban reorganizando el sistema.

Harrison se inclinó ligeramente.

—¿Qué contenían?

Melissa sacó un sobre de su bolso.

—No los he modificado. Imprimí los mensajes y guardé los archivos originales. Quiero que un investigador los revise antes de decidir si puedo entregarlos formalmente.

Harrison aceptó el sobre sin abrirlo.

—Es lo correcto.

Melissa respiró profundamente.

—Hay algo que me preocupa más que el dinero.

Daniel levantó la vista.

—¿Qué cosa?

—La fundación Harrington. Richard ordenó preparar una operación con una propiedad que estaba destinada a un proyecto comunitario. Cuando pregunté por la autorización, me dijeron que la documentación ya estaba firmada.

—¿Por quién? —preguntó Harrison.

Melissa vaciló.

—Por Khloe.

Harrison no mostró ninguna reacción.

—¿Viste la firma?

—Vi una copia digital. Parecía la suya, pero no puedo asegurar que fuera auténtica. Lo que sí sé es que la fecha del archivo era anterior a la fecha que aparecía en el documento.

Daniel se enderezó.

—¿Cuánto tiempo antes?

—Casi tres semanas.

Harrison miró a su socio.

El acuerdo de divorcio encontrado en el juzgado llevaba la fecha del día anterior. Ahora tenían indicios de que otro documento atribuido a Khloe había sido preparado antes de que ella supiera siquiera que Richard estaba organizando aquella operación.

—¿Tienes pruebas de la fecha del archivo? —preguntó Harrison.

—Sí. Está en el registro del correo y en los archivos originales. Pero quiero que todo se revise correctamente.

—Así será.

Melissa pareció aliviada, aunque no dejó de apretar la taza.

—Hay una cosa más. Unos días antes de que renunciara, escuché a Richard discutir con Vanessa. Ella estaba muy molesta porque él no había terminado el divorcio.

—¿Recuerdas qué dijeron?

—No todo. Pero escuché a Vanessa decir que no iba a criar a su hijo mientras otra mujer siguiera teniendo derechos sobre la fortuna de Richard.

Harrison mantuvo la mirada fija en ella.

—¿Hijo?

Melissa asintió.

—Vanessa estaba embarazada. Lo sabía porque lo comentó durante una reunión. Richard le había prometido que su bebé tendría una vida mejor que la de cualquier heredero de la empresa.

Harrison recordó las palabras que Khloe le había contado sobre la custodia de su hija.

Dos embarazos.

Dos mujeres.

Un hombre que había construido una vida secreta mientras intentaba vaciar sus cuentas y preparar un divorcio.

Pero todavía no tenían pruebas de que el embarazo de Vanessa estuviera relacionado con las operaciones financieras.

Y Harrison no iba a convertir una sospecha en una acusación.

—Gracias por venir —dijo—. Daniel te explicará cómo entregar los archivos a los investigadores sin comprometer su integridad.

Melissa se levantó.

Antes de salir, se volvió hacia él.

—Señor Cole, hay algo que debería saber. Richard no estaba preocupado por perder dinero. Estaba preocupado por perder el control de una cuenta específica.

—¿Cuál?

Melissa sacó una hoja doblada.

—No conozco todos los detalles. Solo recuerdo el nombre que aparecía en los correos.

Harrison tomó el papel.

En el centro había una referencia escrita a mano:

*Proyecto Bellwether.*

Debajo aparecía un número de cuenta parcial y una fecha de transferencia.

Harrison conocía aquel nombre.

No porque hubiera trabajado antes con Richard, sino porque el proyecto había recibido inversiones de una fundación que administraba fondos para viviendas destinadas a familias de bajos ingresos.

Si alguien había desviado ese dinero, el asunto podía ir mucho más allá de un divorcio complicado.

—¿Quién más tiene estos documentos? —preguntó.

—No lo sé. Richard pidió que se cerrara el acceso a la carpeta digital poco después de que yo me fuera.

Harrison guardó la hoja.

—No contactes a Richard ni a Vanessa. Si alguien intenta presionarte, habla con tu abogado y con los investigadores.

Melissa asintió y se marchó acompañada por Daniel.

Harrison permaneció solo unos segundos.

Después llamó a una especialista en delitos financieros con quien había trabajado en casos anteriores y le explicó que necesitaba orientación para entregar la información a las autoridades competentes.

No le pidió que buscara atajos.

No le pidió que accediera a cuentas privadas.

Solo quería que las pruebas fueran revisadas de forma independiente.

Cuando terminó la llamada, recibió un mensaje de un número desconocido.

«Deja de investigar a Richard Harrington. No sabes con quién te estás metiendo».

Harrison leyó el texto.

Después tomó una captura de pantalla, registró la hora y se la envió a Daniel para que la conservara.

No respondió.

No hacía falta.

A las cuatro de la tarde, Vanessa llegó al despacho de Richard sin avisar.

La asistente intentó detenerla, pero Vanessa pasó de largo y abrió la puerta de la sala de juntas.

Richard estaba hablando con Gregory.

—Necesito hablar contigo —dijo ella.

Gregory se levantó.

—Creo que lo más prudente es que…

—Déjenos solos.

Richard cerró los ojos un instante.

—Gregory, dame cinco minutos.

El abogado recogió su carpeta y salió.

Vanessa cerró la puerta.

—Me están buscando.

—La policía quiere entrevistarte. Eso no significa que vayas a ser arrestada.

—¿Y Harrison?

Richard se pasó una mano por el cabello.

—Está reuniendo documentos.

—¿Qué documentos, Richard? ¿Los de las cuentas? ¿Los de la fundación? ¿Los del divorcio?

Él la miró bruscamente.

—¿Quién te habló de la fundación?

Vanessa se quedó callada.

Richard se acercó.

—¿Qué sabes?

—Sé que me prometiste que todo estaría arreglado antes de que naciera mi bebé.

—¡Baja la voz!

—¡No me vuelvas a hablar así! Yo hice lo que me pediste. Fui al juzgado.

Hablé con Khloe. Intenté que firmara.

Richard la miró como si no pudiera creer lo que estaba escuchando.

—¿Intentaste que firmara?

Vanessa se quedó helada.

—¿Qué quieres decir?

—¿La empujaste?

Ella retrocedió un paso.

—No sabía que iba a caer así.

Richard la miró con horror.

—¿Estás diciendo que la empujaste?

Vanessa empezó a llorar.

—¡Ella me insultó! Me dijo que nunca tendría una familia contigo. Que tu hija siempre estaría por encima de nuestro bebé. Yo solo quería que dejara de tratarme como si no existiera.

Richard se apartó.

Por primera vez, Vanessa comprendió que no iba a encontrar consuelo en él.

—Necesito que me ayudes —suplicó—. Diles que fue un accidente. Diles que Khloe perdió el equilibrio.

—Hay cámaras.

—Entonces di que no viste nada.

Richard no respondió.

Vanessa se secó las lágrimas.

—Tú también estabas allí. Si yo caigo, tú caes conmigo.

Él la miró fijamente.

—No me amenaces.

—No es una amenaza. Es la verdad.

Vanessa sacó su teléfono y lo colocó sobre la mesa.

—Tengo nuestros mensajes. Los correos. Las promesas que me hiciste.

Las instrucciones que me diste para hablar con Khloe. Todo.

Richard sintió un escalofrío.

—Borra eso.

—No.

—Vanessa, escúchame. Si entregas esos mensajes, puedes perjudicarte.

—¿Y si no los entrego? ¿Vas a dejarme sola mientras Harrison me destruye?

Richard se quedó callado.

Vanessa recogió el teléfono.

—No voy a pagar por tus mentiras mientras tú sigues escondido detrás de tus abogados.

Se dirigió a la puerta.

—Vanessa.

Ella se detuvo.

—¿Qué?

Richard intentó recuperar el tono tranquilo que utilizaba con los inversionistas.

—No hagas nada precipitado. Vamos a encontrar una solución.

Vanessa soltó una carcajada amarga.

—Eso me dijiste cuando me prometiste que te divorciarías de Khloe.

Abrió la puerta y salió.

Richard permaneció de pie junto a la mesa, sintiendo que cada pieza de su vida se desprendía de su lugar.

Su teléfono vibró otra vez.

Esta vez era un correo de su director financiero.

El asunto decía: «Urgente: Proyecto Bellwether».

Richard lo abrió.

Solo había dos líneas.

«Se detectaron inconsistencias en los documentos de autorización. La operación ha quedado suspendida hasta nuevo aviso».

Debajo aparecía una segunda notificación.

La solicitud de revisión incluía una referencia a los registros que Khloe había descubierto.

Richard dejó caer el teléfono sobre la mesa.

Porque, si Harrison conseguía la memoria USB, no solo descubriría el fraude financiero.

También encontraría los correos que demostraban quién había preparado el acuerdo falso.

Y Richard sabía perfectamente quién había pedido que lo hicieran.

No había sido Vanessa.

Había sido él.

Esa misma noche, Harrison regresó al hospital.

Encontró a Khloe despierta, con una fotografía de su hija apoyada junto a la cama. La bebé seguía en cuidados neonatales, pero el equipo médico había permitido que su madre viera una imagen reciente.

Khloe sonrió al verlo entrar.

—Mira sus mejillas.

Harrison se acercó.

—Son pequeñas.

—Son perfectas.

Él dejó una bolsa con ropa limpia sobre la silla.

—Daniel está coordinando la revisión de los documentos. Tenemos indicios que justifican una investigación más amplia, pero no vamos a dar nada por probado hasta que los especialistas examinen los archivos.

Khloe asintió.

—¿Encontraron la memoria?

—Todavía no. La policía conserva tus pertenencias y estamos coordinando la recuperación de los documentos que mencionaste.

Ella apretó la fotografía.

—Espero que siga donde la dejé.

—Si alguien la movió, lo averiguaremos por las vías adecuadas.

Khloe respiró lentamente.

—Harry, hay algo que no te he contado.

Él se sentó a su lado.

—Te escucho.

—La última semana antes de que descubriera la aventura, Richard empezó a preguntarme por la fundación. Quería saber si mi nombre seguía apareciendo en los documentos de autorización y si yo conservaba copias de los contratos originales.

Harrison frunció el ceño.

—¿Por qué no me lo dijiste antes?

—Porque no entendía qué estaba buscando. Pensé que era un asunto de la empresa.

—¿Qué le respondiste?

—Que no recordaba todos los detalles. Se molestó mucho. Después me preguntó dónde guardaba mis archivos antiguos.

Harrison se quedó inmóvil.

—¿Le dijiste lo de la memoria USB?

—No.

Khloe miró la fotografía de su hija.

—Pero alguien debió descubrir que yo tenía una copia. Quizá por eso Richard insistió en que firmara el acuerdo.

Harrison reflexionó unos segundos.

—¿Crees que Vanessa sabía lo que contenían los documentos?

—No estoy segura. Pero ella me dijo algo antes de empujarme.

—¿Qué?

Khloe cerró los ojos para recordar las palabras exactas.

—Me dijo que Richard había hecho todo lo necesario para que yo no pudiera reclamar nada. Que debía aceptar el acuerdo y dejar de hacer preguntas.

Harrison sintió que la sangre se le enfriaba.

—¿Te dijo algo más?

—Sí.

Khloe volvió la mirada hacia él.

—Dijo que, cuando todo terminara, nadie recordaría mi nombre en Harrington Commercial Group.

Durante unos segundos, Harrison no respondió.

Luego se puso de pie y caminó hasta la ventana.

Afuera, las luces de Filadelfia brillaban como si nada hubiera sucedido.

Pero él ya no veía edificios ni avenidas.

Veía una secuencia de decisiones que necesitaban ser examinadas: documentos con firmas dudosas, transferencias inexplicables, una operación inmobiliaria suspendida y una mujer embarazada empujada por las escaleras justo cuando se negaba a firmar un acuerdo.

—No van a borrar tu nombre —dijo finalmente—. Ni el de tu hija.

Khloe le apretó la mano.

—¿Y si hay algo más?

Harrison volvió hacia ella.

—Entonces lo descubriremos.

En ese instante, Daniel llamó.

Harrison contestó.

—Dime.

—La policía consiguió recuperar una parte de los registros digitales vinculados al acuerdo de divorcio. Hay un correo enviado desde la oficina de Richard la noche anterior a la caída.

—¿Qué dice?

Daniel guardó silencio durante un segundo.

—No puedo asegurarte todavía que el archivo adjunto sea auténtico, pero el mensaje solicita que se prepare una versión del acuerdo con la firma de Khloe incorporada desde un documento anterior.

Harrison apretó el teléfono.

—¿Quién lo envió?

—La cuenta pertenece a Richard Harrington.

Harrison miró a su hermana.

Khloe había dejado de sonreír.

—¿Qué pasa? —preguntó ella.

Él respiró hondo.

—Encontraron un correo relacionado con el acuerdo falso.

—¿De Richard?

Harrison asintió.

Khloe cerró los ojos y una lágrima le recorrió la mejilla.

No parecía sorprendida.

Parecía devastada por la confirmación de algo que, en el fondo, llevaba meses temiendo.

—Yo lo amaba —susurró.

Harrison volvió a sentarse junto a ella.

—Lo sé.

—Le di seis años de mi vida. Pasé por tratamientos, por pérdidas, por noches en las que pensé que nunca sería madre. Y cuando por fin tuve una oportunidad de ser feliz, él decidió tratarme como un problema que debía eliminar.

Harrison le tomó la mano.

—Lo que él hizo no define tu valor.

Khloe respiró temblorosamente.

—No quiero que mi hija crezca creyendo que su madre permitió que la pisotearan.

—Entonces no permitiremos que esa sea la historia que le cuenten.

Él miró la fotografía de la bebé.

—Su historia empieza contigo. Con una mujer que sobrevivió a algo terrible y que todavía está aquí para luchar por ella.

Khloe se secó las lágrimas.

Por primera vez desde que había despertado, su expresión cambió.

El dolor seguía allí.

Pero también había una determinación que Harrison reconocía desde la infancia.

—Quiero que encuentren todos los documentos —dijo ella—. Todos.

—Lo haremos.

—Y quiero que Richard tenga que responder por cada uno de sus actos.

Harrison asintió.

—Eso dependerá de las pruebas y de las autoridades. Pero nadie va a ocultarlas para protegerlo.

Colgó la llamada con Daniel y envió un mensaje para que el correo se preservara y se incorporara a la revisión formal.

No necesitaba amenazar a Richard.

No necesitaba destruir nada.

El hombre había dejado un rastro de documentos, firmas, mensajes y decisiones que podían hablar por sí mismos.

Sin embargo, mientras Harrison guardaba el teléfono, llegó una nueva notificación de Daniel.

Era una fotografía de un registro corporativo recién localizado.

En él aparecía el nombre de una empresa que Khloe nunca había mencionado.

Una empresa creada seis meses antes de que ella descubriera la infidelidad.

Y el nombre de su representante legal no era el de Richard.

Era el de Vanessa Kensington.

Harrison amplió la imagen.

Debajo del nombre de Vanessa aparecía una anotación sobre la propiedad de las participaciones.

La empresa tenía derecho a recibir una parte de los beneficios de Proyecto Bellwether.

Una operación que, oficialmente, no debía tener ninguna relación con ella.

Harrison sintió que el caso acababa de abrir una puerta mucho más peligrosa.

Vanessa no era necesariamente la autora de todo lo ocurrido.

Pero ya no podía considerarse una simple amante que había perdido el control.

Su nombre estaba vinculado a una operación financiera que debía investigarse.

Harrison guardó la imagen y miró hacia la cama.

Khloe estaba agotada, con la fotografía de su hija entre las manos.

Él se acercó y le acomodó la manta.

—Descansa, pequeña. Mañana será otro día.

—Harry…

—¿Sí?

—¿Crees que Vanessa sabía lo que estaba haciendo?

Harrison pensó en la grabación de las escaleras, en el acuerdo falso y en la empresa recién descubierta.

—Creo que pronto sabremos mucho más de lo que ella quisiera contarnos.

Salió de la habitación y se detuvo en el pasillo.

Su teléfono volvió a vibrar.

Esta vez, el mensaje provenía de un número desconocido y contenía una sola frase:

«Si quiere saber quién ordenó falsificar la firma de su hermana, pregúntele a la persona que estuvo en el juzgado antes de que llegara Khloe».

Harrison leyó el mensaje dos veces.

Después miró la hora de envío.

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Había sido enviado desde un teléfono registrado a nombre de un empleado de Harrington Commercial Group que, según los registros disponibles, llevaba desaparecido de la empresa desde hacía tres meses.

Y aquel empleado era el último que había tenido acceso al archivo original del acuerdo de divorcio.

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