Chapter 8: El testigo muerto que dejó una última prueba
La noticia de la muerte de Martin Pierce llegó a las 11:23 de la mañana.
Rebecca me llamó desde un lugar que no quiso identificar y me confirmó que había encontrado una referencia pública a su fallecimiento.
—No tengo una copia certificada del registro —me explicó—, así que no puedo asegurarte todos los detalles. Pero la fecha coincide con el mensaje que recibí anoche.
—¿Sabes dónde vivía?
—Tengo una dirección antigua. La misma que aparece en la libreta de Helen.
Miré a Lily.
Estaba sentada en la cama del hospital, con el teléfono entre las manos. Había pasado la mañana respondiendo algunas preguntas del equipo médico y descansando entre revisiones.
—Rebecca, no vayas a esa dirección —le advertí—. Informa a Mercer y entrégale lo que tengas.
—Ya lo hice. Pero hay algo más.
—¿Qué?
—Pierce me llamó hace dos semanas.
Sentí que la espalda se me tensaba.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque no estaba segura de que fuera él. La llamada duró menos de un minuto. Me preguntó si todavía conservaba mis notas sobre Northbridge y después colgó.
—¿Reconociste su voz?
—Sí. Era la suya.
—¿Te dijo dónde estaba?
—No. Solo me pidió que recordara una fecha: el diecisiete de noviembre.
Abrí la libreta de Helen sobre la mesa.
La fecha no aparecía en las páginas que habíamos encontrado.
—¿Qué ocurrió el diecisiete de noviembre?
—No lo sé todavía. Voy a revisar mis archivos personales, pero no intentaré acceder a ningún sistema restringido.
—Bien. Mantén informado a Mercer.
Colgué y me acerqué a la ventana.
La fecha podía corresponder a una transferencia, una reunión o una modificación documental.
Sin más información, no significaba nada.
Pero Martin Pierce había elegido comunicarla dos semanas antes de morir.
Y Helen había conservado documentos relacionados con él hasta sus últimos meses de vida.
La coincidencia merecía ser investigada.
Poco después, Daniel Mercer llegó al hospital.
Traía una carpeta y una expresión seria.
—Hemos confirmado que existe un registro de fallecimiento a nombre de Martin Pierce —explicó—. Estamos verificando la identidad y las circunstancias. Por ahora, no hay evidencia que nos permita relacionar su muerte con la investigación de Northbridge.
—¿Se sabe cómo murió?
—La información preliminar indica que fue un fallecimiento por causas médicas. No voy a compartir detalles no confirmados.
Asentí.
No quería que la muerte de un hombre se convirtiera en una acusación sin pruebas.
—Rebecca dice que él la llamó hace dos semanas.
Mercer anotó la información.
—Le pediremos que preserve el registro de la llamada y cualquier mensaje relacionado. Si Pierce se comunicó con ella, podría existir información relevante sobre sus últimas actividades.
—¿Podemos revisar su antigua dirección?
—Ya estamos coordinando una consulta formal para determinar si la propiedad sigue vinculada a él y si existe algún archivo que deba preservarse legalmente. No iremos allí basándonos únicamente en una libreta.
Era la respuesta correcta.
Pero yo sabía que el tiempo podía ser importante.
Si Pierce había conservado documentos durante quince años y había muerto recientemente, alguien más podía intentar recuperarlos.
—Hay otra cuestión —dije—. Mi esposa escribió que Pierce tenía una copia completa de los registros.
Mercer examinó la carta.
—No podemos asumir que se refería a la evidencia federal. Podría tratarse de documentos contables privados o de una copia incompleta. Pero es una pista que merece seguimiento.
Guardó la carta en la carpeta de trabajo.
—También hemos recibido una respuesta de la empresa que administra parte de los registros corporativos de la Fundación Hale. Se han identificado versiones distintas de algunos documentos presentados a nombre de su hija.
—¿Las firmas son iguales?
—Algunas parecen similares, pero una comparación visual no basta para determinar su autenticidad. Se necesita un examen especializado.
Lily se incorporó ligeramente.
—¿Pueden demostrar que yo no firmé esa página?
Mercer se volvió hacia ella.
—Podemos examinar la firma y determinar si existen indicios de alteración. También podemos revisar los registros de firma electrónica, si se utilizaron. Pero no sería responsable prometer un resultado antes de completar esos análisis.
Lily asintió.
—Quiero colaborar.
—Lo haremos de manera gradual. Su recuperación sigue siendo importante.
Cuando Mercer salió de la habitación para atender una llamada, Lily me pidió que me acercara.
—Papá, quiero contarte algo sobre la noche en que encontré esos correos.
Me senté a su lado.
—Te escucho.
—Richard había salido a una cena de negocios. Me dijo que regresaría tarde. Yo estaba buscando un recibo de una compra en la computadora de su despacho y vi una carpeta abierta.
—¿Qué había dentro?
—Un archivo con nombres de personas y cantidades de dinero. Algunos nombres aparecían varias veces, pero las cantidades eran distintas.
—¿Reconociste alguno?
Lily negó con la cabeza.
—No. Pero vi el nombre de una mujer que conocí en un evento de la fundación. Richard había dicho que era una beneficiaria. En el archivo, junto a su nombre, aparecía la palabra «intermediaria».
Tomé nota mental de cada detalle.
—¿Qué hiciste?
—Guardé una copia en mi cuenta de correo. No sabía si estaba haciendo algo malo. Solo quería tener una prueba por si necesitaba explicar lo que había visto.
—¿Richard te descubrió?
—No esa noche. Pero al día siguiente me preguntó si había usado su computadora. Le dije que sí, para buscar un recibo. No le dije que había copiado nada.
—¿Y después?
—Me pidió la contraseña de mi correo. Le dije que no la recordaba. Se enojó y me dijo que, en un matrimonio, no debía haber secretos.
Lily miró la pared.
—Desde entonces tuve miedo de que descubriera la copia.
Le acaricié la mano.
—Hiciste lo que pudiste para protegerte con la información que tenías. Ahora dejaremos que los investigadores determinen qué significa.
Ella asintió.
Esa tarde, Mercer regresó con una solicitud formal para que Lily autorizara la conservación de la cuenta de correo que había mencionado.
Le explicó el alcance de la solicitud y respondió sus preguntas.
Lily firmó después de leer cada página.
Por primera vez desde que la conocía, no buscó la aprobación de nadie antes de hacerlo.
Cuando el investigador se marchó con la documentación, ella dejó escapar un largo suspiro.
—Pensé que firmar algo siempre iba a terminar metiéndome en problemas.
—No todos los documentos son iguales, mija. Ahora estás haciendo preguntas y sabes para qué sirve cada firma.
Me miró con una pequeña sonrisa.
—Ojalá hubiera aprendido eso antes de casarme.
—No necesitas castigarte por lo que no sabías.
Durante el resto de la tarde, intenté mantener la conversación lejos de Richard y de la investigación.
Hablamos de la caja de recetas de Helen.
De los desayunos que preparábamos juntos.
De la vez que Lily intentó cocinar un pastel de limón para el cumpleaños de su madre y confundió la sal con el azúcar.
Por unos minutos, volvimos a ser padre e hija.
Sin amenazas.
Sin documentos.
Sin hombres poderosos intentando decidir qué podía decir cada uno.
Pero aquella tranquilidad terminó a las 4:46.
Mercer entró en la habitación con un teléfono en la mano.
—Hemos recibido una respuesta de la entidad que administra algunos registros de Northbridge —anunció—. Se ha localizado una referencia a una caja de archivo transferida a custodia externa varios años después del cierre de la investigación.
—¿A nombre de quién? —pregunté.
Mercer consultó sus notas.
—El registro menciona a Martin Pierce como responsable de la transferencia. No podemos confirmar todavía el contenido de la caja ni si permanece en el mismo lugar.
Mi corazón empezó a latir más deprisa.
—¿Cuándo se transfirió?
—Hace seis años.
La fecha coincidía con el retiro de Pierce.
Y era posterior a la muerte de Helen.
—¿Hay un inventario?
—Estamos intentando localizarlo. La documentación disponible es incompleta.
Lily se acercó al borde de la cama.
—¿Puede estar ahí la copia que buscaba mi mamá?
—Es una posibilidad —respondió Mercer—. Pero necesitamos comprobarlo.
El investigador recibió una llamada.
Se apartó unos pasos y escuchó sin interrumpir.
Su expresión cambió ligeramente.
Cuando terminó, regresó a nosotros.
—La dirección de custodia corresponde a una empresa de almacenamiento documental que cerró hace dos años. Los registros fueron transferidos a otra entidad.
—¿A cuál? —pregunté.
Mercer dijo el nombre.
Era una compañía privada que administraba archivos empresariales y documentos históricos.
—¿Se puede acceder a la caja? —preguntó Lily.
—Si confirmamos la cadena de custodia y obtenemos la autorización correspondiente, sí. Pero no podemos asegurar que contenga lo que buscamos.
Mercer se marchó para continuar las gestiones.
Yo me quedé mirando la fecha de la transferencia.
Seis años atrás.
Helen llevaba varios años muerta.
Richard ya había comenzado su carrera como empresario inmobiliario.
Y la Fundación Hale estaba en funcionamiento.
La caja podía contener información importante.
También podía estar vacía.
No teníamos forma de saberlo todavía.
A las 6:12, Rebecca volvió a llamarme.
—Encontré algo —dijo sin saludar.
—¿Qué encontraste?
—El diecisiete de noviembre fue la fecha en que se registró la última modificación del inventario de Northbridge antes de que cerraran el expediente.
Me levanté de la silla.
—¿Quién hizo la modificación?
—No puedo asegurarlo. El registro que encontré menciona un código de usuario vinculado a la oficina de administración. Pero el nombre fue eliminado de la copia que recibí.
—¿Y Pierce?
—Su nombre aparece en una nota marginal. Dice: «La copia completa debe permanecer fuera del archivo principal».
Miré a Lily.
Ella estaba escuchando.
—¿Eso estaba en tus notas originales? —pregunté.
—Sí. Es una de las pocas líneas que alcancé a copiar antes de que me trasladaran.
—¿Se lo entregaste a Mercer?
—Acabo de enviárselo por el canal autorizado.
Colgué.
La frase parecía confirmar que alguien había separado una copia de los registros antes de cerrar el expediente.
Pero no demostraba quién lo había ordenado ni por qué.
Mercer tenía razón: necesitábamos encontrar los documentos originales.
A las 7:03, recibí una llamada del investigador.
—Señor Whitmore, hemos conseguido autorización para revisar el inventario de la entidad que recibió los archivos de Northbridge. La revisión se realizará mañana por la mañana.
—¿Hay alguna indicación de que la caja siga allí?
—El inventario sugiere que sí, aunque debemos confirmarlo físicamente.
—¿Puedo acompañarlos?
—Puede hacerlo una vez que se complete la evaluación de seguridad y se determine quién tiene acceso al material. No vamos a permitir que personas ajenas a la investigación manipulen los archivos.
Agradecí la respuesta.
Por primera vez, parecía que teníamos una ruta concreta para encontrar la evidencia que había desaparecido quince años atrás.
Pero entonces Mercer añadió algo.
—Hay un detalle que quiero que conozca antes de mañana. La entidad de almacenamiento nos informó que alguien solicitó consultar el inventario de esa caja hace cuatro días.
—¿Quién?
—La solicitud fue presentada por un representante legal de la Fundación Hale.
Sentí que la sangre se me enfriaba.
Cuatro días atrás, Richard ya sabía que existía un archivo relacionado con Northbridge.
Dos días después, mi hija me llamó pidiendo ayuda.
Y aquella misma tarde, alguien entró en mi casa.
No podía demostrar que los hechos estuvieran relacionados.
Pero tampoco podía ignorar la coincidencia.
—¿Qué nombre aparece en la solicitud? —pregunté.
Mercer guardó silencio durante un instante.
—El representante que la presentó fue Eleanor Hale.
La madre de Richard.
La mujer que me había empujado en los escalones de su mansión.
La mujer que había insistido en que Lily estaba descansando mientras mi hija permanecía herida en el suelo.
Y ahora su nombre aparecía en una solicitud para revisar los archivos de la investigación que mi esposa había intentado comprender antes de morir.
Miré a Lily.
Su expresión había cambiado.
Ya no parecía sorprendida.
Parecía recordar algo.
—Papá —susurró—, hay una cosa que nunca te conté sobre Eleanor.
Me acerqué a la cama.
—¿Qué cosa, mija?
Lily tragó saliva.
—Antes de casarme, ella me dijo que mi mamá había sido una mujer muy inteligente. Dijo que algunas personas se arruinaban por hacer demasiadas preguntas sobre el dinero de otras familias.
Sentí un escalofrío.
—¿Cuándo te dijo eso?
—La noche antes de la boda.
Lily cerró los ojos.
—Y después añadió algo que en ese momento no entendí.
—¿Qué?
Mi hija abrió los ojos y me miró directamente.
—Me dijo que esperaba que yo hubiera heredado la belleza de mi mamá, pero no su curiosidad.
No respondí.
Porque, por primera vez, la amenaza no parecía proceder únicamente de Richard.
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Eleanor también conocía el pasado de Helen.
Y llevaba años comportándose como si supiera exactamente qué debía ocultarse.