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Chapter 5: El abogado de la familia tenía un secreto que podía destruirlos a todos

La primera llamada que Daniel hizo aquella mañana fue al despacho de Javier Salgado.

No mencionó el testamento ni la propiedad de Guadalajara. Solo pidió una cita para revisar unos documentos relacionados con la herencia de su padre.

La recepcionista le ofreció un horario para el día siguiente.

Daniel insistió en que necesitaba hablar con Javier ese mismo día.

Después de varios minutos de espera, una voz masculina respondió.

—Daniel, qué sorpresa. Lamento mucho lo de tu papá.

Javier hablaba con el tono amable de alguien acostumbrado a resolver conflictos sin levantar la voz.

Tenía cincuenta y ocho años, llevaba más de dos décadas casado con Carmen y había sido el abogado de la familia desde que Daniel era adolescente.

En varias ocasiones lo había ayudado con asuntos laborales. Incluso había revisado el contrato de arrendamiento de su departamento sin cobrarle honorarios.

Daniel siempre lo había considerado una persona confiable.

Ahora necesitaba descubrir si aquella confianza había sido otro error.

—Gracias, Javier. Necesito hablar contigo sobre el testamento.

Hubo una pausa breve.

—Claro. ¿Hay algún problema?

—Encontré un anexo firmado tres días antes de la muerte de mi padre.

El silencio del otro lado fue apenas perceptible.

Pero Daniel lo escuchó.

—Ah, ese documento —respondió Javier finalmente—. Tu padre quería dejar ciertas cosas claras antes de morir.

—¿Por qué incluyó una cláusula que me hace perder mis derechos sobre la casa familiar si reclamo una propiedad de mi madre biológica?

Javier suspiró.

—Daniel, hay cuestiones legales que requieren contexto. No sería responsable explicártelas por teléfono.

—Entonces nos vemos hoy.

—Tengo la agenda llena.

—Puedo esperar.

Javier guardó silencio unos segundos.

—Está bien. Ven a las cuatro.

La llamada terminó.

Daniel se quedó mirando el teléfono.

No sabía si acababa de conseguir una cita con un abogado que podía ayudarlo o si acababa de advertirle a un hombre que necesitaba preparar una defensa.

Lucía, sentada al otro lado de la mesa, escuchaba en silencio.

—¿Confías en él? —preguntó.

Daniel negó con la cabeza.

—Hasta ayer, sí.

—Entonces no vayas solo.

A las cuatro menos diez, los dos llegaron al despacho de Javier, ubicado en un edificio de oficinas de la colonia Del Valle.

La recepcionista los condujo a una sala de juntas.

Javier apareció unos minutos después, impecablemente vestido con un traje gris y una corbata azul marino. Saludó a Daniel con un apretón de manos y miró a Lucía con curiosidad.

—¿Y ella es…?

—Lucía. Mi hermana por parte de madre.

Javier se quedó inmóvil durante una fracción de segundo.

Después recuperó la sonrisa.

—Mucho gusto.

Lucía no le ofreció la mano.

—Ya nos conocemos —dijo.

Javier parpadeó.

—No creo.

—Hace tres meses fui a buscar a Daniel. Usted estaba en el pasillo de la casa de Teresa cuando Valeria me dijo que él no quería verme.

El abogado apartó la mirada.

Daniel sintió que el aire de la habitación se volvía más pesado.

—¿Qué hacías tú ahí, Javier?

El hombre se acomodó los puños de la camisa.

—Estaba visitando a tu madre. Soy parte de la familia.

—¿Y por qué estabas presente cuando mi hermana intentó localizarme?

—No sabía quién era Lucía. Tu hermana me dijo que se trataba de una mujer que quería dinero.

Lucía abrió la carpeta.

—Yo llevaba una copia de las escrituras y una carta de Elena. No pedí dinero. Pedí que Daniel tuviera la oportunidad de conocer la historia de su madre.

Javier se sentó.

—No tengo conocimiento de esas circunstancias.

Daniel colocó el anexo del testamento sobre la mesa.

—¿Usted redactó esto?

Javier observó el documento.

—Sí.

—¿Quién se lo pidió?

—Tu padre.

—¿Sabía que la cláusula estaba relacionada con una propiedad que pertenecía parcialmente a los hijos de Elena?

Javier entrelazó las manos.

—La cláusula se redactó para evitar conflictos entre herederos.

—¿Y por qué castiga únicamente a uno de ellos?

—No es un castigo. Es una condición testamentaria.

Lucía intervino.

—Una condición que podría estar relacionada con documentos de propiedad cuestionables. ¿Revisó el origen de esos documentos antes de redactarla?

Javier la miró con frialdad.

—No tengo obligación de discutir asuntos profesionales con una persona que no es mi cliente.

—Entonces hable conmigo —dijo Daniel—. Soy uno de los beneficiarios del testamento.

El abogado se quitó los lentes.

Por primera vez, parecía cansado.

—Tu padre estaba convencido de que Lucía intentaría reclamar la propiedad y que eso generaría una disputa que afectaría a toda la familia.

—¿Por qué estaba tan preocupado por ella?

—Porque había documentos pendientes.

—¿Qué documentos?

Javier tardó demasiado en responder.

—Daniel, no todo lo que tu padre hizo estuvo bien. Pero tampoco puedes asumir que cada decisión suya fue un intento de perjudicarte.

—No estoy asumiendo nada. Estoy preguntando.

El abogado miró hacia la puerta.

Después abrió un cajón y sacó una carpeta delgada.

—Hay algo que debes saber antes de continuar.

Daniel sintió que se le tensaba el cuerpo.

Javier colocó la carpeta sobre la mesa.

Dentro había una copia de un contrato firmado por Roberto y Teresa, además de un documento bancario.

—Hace más de veinte años, tu padre solicitó un préstamo utilizando la propiedad de Guadalajara como garantía. El préstamo fue liquidado años después, pero parte de los documentos nunca se regularizó.

Lucía revisó las páginas.

—Esto no demuestra que mi madre haya autorizado la operación.

—No he dicho que lo demuestre —respondió Javier—. Solo estoy explicando lo que consta en el expediente.

Daniel señaló una firma.

—¿Quién firmó por Elena?

Javier guardó silencio.

Lucía acercó el documento a la luz.

—Esta no es la firma de mi madre.

—Eso tendrá que determinarlo un perito —dijo Javier.

Daniel sintió que la rabia comenzaba a transformarse en algo más frío.

No bastaba con que su padre hubiera mentido sobre su nacimiento. No bastaba con que su madre hubiera ocultado cartas. Ahora había indicios de que alguien había utilizado documentos cuestionables para disponer de una propiedad que pertenecía a sus hijos.

—¿Por qué mi hermana recibió dinero de esa operación? —preguntó.

Javier levantó la cabeza.

—¿Qué dinero?

Daniel le mostró la transferencia bancaria.

El abogado la revisó sin tocarla.

—No conocía esta transferencia.

—¿Puede verificarla?

—No con este documento solamente.

Lucía sacó otra hoja.

—Aquí aparece la cuenta de origen. Es la misma que se utilizó para liquidar el préstamo.

Javier se quedó inmóvil.

Daniel lo observó con atención.

El abogado había reconocido algo.

Quizá no sabía toda la historia, pero había visto suficiente para comprender que la situación era más complicada de lo que esperaba.

—Necesito una copia completa del expediente de mi padre —dijo Daniel—. Incluyendo las instrucciones que le dio para redactar el anexo.

Javier negó con la cabeza.

—No puedo entregarte documentos confidenciales sin revisar quién tiene derecho a recibirlos.

—Soy su hijo y uno de sus herederos.

—Eso no significa que tengas acceso automático a todo el archivo profesional.

Lucía cerró la carpeta.

—Entonces solicitaremos la documentación por las vías legales correspondientes.

Javier se puso de pie.

—Haz lo que consideres necesario.

Daniel recogió los papeles.

Antes de salir, se volvió hacia el abogado.

—Una última pregunta. ¿Mi padre le dijo que yo no debía conocer a Lucía?

Javier miró hacia la ventana.

—Sí.

—¿Y usted aceptó ayudarlo?

—Tu padre era mi cliente. Mi obligación era asesorarlo dentro de los límites de la ley.

Daniel sostuvo su mirada.

—¿Y cuando la ley entraba en conflicto con lo que era correcto?

Javier no contestó.

Daniel salió del despacho con Lucía.

En el elevador, ella le tomó suavemente el brazo.

—No confíes en lo que acabamos de escuchar hasta que tengamos documentos independientes.

Él asintió.

—¿Crees que Javier está involucrado?

—Creo que sabe más de lo que dice.

Al salir del edificio, Daniel recibió una llamada de Teresa.

Contestó sin detenerse.

—¿Qué pasó, mamá?

—Valeria está aquí conmigo. Necesito que vengas a la casa.

—No puedo ahora.

—Es importante.

Daniel escuchó un sollozo al otro lado.

—Por favor, hijo. Esta vez necesito que me escuches.

Él cerró los ojos.

Una parte de él quería colgar. Otra seguía siendo aquel niño que corría a consolar a su madre cada vez que la escuchaba llorar.

—Voy a ir —dijo finalmente.

Cuando llegó, encontró a Teresa sentada en el comedor y a Valeria de pie junto a la ventana.

Sobre la mesa había una caja de zapatos llena de papeles.

—¿Qué es esto? —preguntó Daniel.

Valeria se volvió hacia él.

Tenía los ojos hinchados y el rostro pálido.

—Son las cartas de Elena.

Daniel dejó de respirar por un instante.

—¿Dónde las encontraste?

—En el departamento de papá. Estaban dentro de una caja que guardaba en el clóset.

Daniel se acercó a la mesa.

Había sobres de diferentes tamaños, algunos amarillentos por el paso del tiempo. Varios llevaban su nombre escrito con una letra delicada.

Tomó el primero.

La fecha era de hacía veinticinco años.

Elena le había escrito cuando él tenía siete.

«Mi niño:

No sé si algún día podrás leer estas palabras. Cada noche pienso en ti y me pregunto si todavía recuerdas mi voz. Quiero que sepas que nunca dejé de amarte. Si no he podido abrazarte, no es porque no quiera, sino porque hay personas que creen que nuestro cariño puede destruir una familia».

Daniel tuvo que sentarse.

Abrió otra carta.

Y otra.

En todas, Elena hablaba de él con una ternura que nunca había imaginado. Le preguntaba si había aprendido a leer, si le gustaban las historias de animales, si todavía tenía el pequeño oso de peluche que ella le había regalado cuando era bebé.

En una carta, escrita cuando Daniel tenía nueve años, Elena le contaba que estaba enferma.

«No quiero asustarte. Los médicos están intentando ayudarme. Si algún día no puedo escribirte, recuerda que no hiciste nada malo. Nada de lo que ocurrió fue culpa tuya».

Daniel dejó caer la carta sobre la mesa y se cubrió el rostro.

Lucía, que había llegado unos minutos antes, se sentó junto a él.

Teresa lloraba en silencio.

Valeria permanecía de pie, incapaz de sostener la mirada de su hermano.

—¿Por qué las escondiste? —preguntó Daniel finalmente.

Valeria tragó saliva.

—Porque papá me pidió que no las entregara.

—¿Cuándo?

—Hace años. Me dijo que eran asuntos de adultos y que no debíamos alterar la vida de mamá.

Daniel levantó la cabeza.

—¿Y cuando encontraste a Lucía hace tres meses?

Valeria bajó la mirada.

—Me asusté.

—¿De qué?

—De que todos empezaran a preguntarse de dónde había salido el dinero que papá me dio.

El silencio se hizo absoluto.

Teresa dejó de llorar.

Daniel sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.

—¿Papá te dio el dinero?

Valeria asintió.

—Me dijo que era una herencia de la familia. Yo no sabía de dónde venía.

—¿Cuánto recibiste?

Su hermana pronunció una cantidad que hizo que Daniel cerrara los ojos.

Era suficiente para pagar la deuda que había estado intentando cubrir durante meses para evitar que la casa familiar terminara en manos de un acreedor.

—¿Y nunca te preguntaste de dónde había salido?

—Sí. Pero papá me dijo que no era asunto mío.

Daniel se levantó.

—No puedo creer que hayas permitido que yo pagara reparaciones y deudas mientras tú guardabas ese dinero.

Valeria empezó a llorar.

—No sabía que la propiedad era de Elena.

Lucía habló con serenidad.

—Ahora sabes que existen documentos que deben revisarse. Si recibiste dinero de esa operación, tendrás que explicar qué sabías y cuándo lo supiste.

Valeria la miró con resentimiento.

—Tú no tienes derecho a venir aquí a decirme qué hacer.

—No vine a quitarte nada. Vine porque tu madre me pidió que encontrara a mi hermano.

Daniel volvió a sentarse y continuó revisando las cartas.

Entonces encontró un sobre diferente.

No llevaba la letra de Elena.

Era una nota escrita por Roberto, fechada apenas una semana antes de su muerte.

«Teresa:

Si Daniel llega a conocer la verdad, no permitas que Lucía se acerque a él sin supervisión. Ella sabe lo que hice con la propiedad y puede utilizar esa información para destruirnos.

Hay algo que ninguno de ustedes conoce todavía. La venta de Guadalajara no fue la única operación que hice con el dinero de Elena.

Si Daniel encuentra el registro original, comprenderá por qué nunca pude devolver lo que tomé.

Y Valeria también tendrá que enfrentar las consecuencias».

Daniel leyó la nota dos veces.

Después levantó la mirada hacia su hermana.

—¿Qué más te dio papá?

Valeria retrocedió.

—Nada.

—No me mientas.

—¡Te estoy diciendo la verdad!

Daniel señaló la caja.

—Aquí hay cartas que escondiste durante años, documentos de una propiedad que desconocías y una nota en la que papá dice que tú también tendrás que enfrentar consecuencias. ¿Qué más te dio?

Valeria empezó a temblar.

Finalmente, se llevó una mano al cuello y desabrochó el collar de oro que llevaba puesto.

Lo dejó sobre la mesa.

—Papá me dijo que lo guardara hasta que todo terminara.

Daniel observó el collar.

—¿Qué tiene que ver eso con la propiedad?

Valeria abrió el pequeño broche.

Dentro había un compartimento diminuto.

Sacó una llave de metal y una tarjeta doblada.

Lucía tomó la tarjeta.

Era un comprobante de una caja de seguridad bancaria en Guadalajara.

La fecha de apertura coincidía con la semana en que Roberto había vendido la propiedad.

Daniel miró a su hermana.

—¿Qué hay en esa caja?

Valeria tenía los ojos llenos de lágrimas.

—No lo sé. Papá nunca me dejó abrirla.

Lucía examinó el comprobante.

—Entonces tenemos que ir a Guadalajara.

Daniel asintió.

Pero antes de que pudieran organizar el viaje, el teléfono de Teresa comenzó a sonar.

Era Javier.

La mujer contestó con manos temblorosas.

—¿Bueno?

La voz del abogado se escuchó lo suficientemente fuerte para que todos pudieran oírla.

—Teresa, necesito hablar contigo inmediatamente. Daniel estuvo en mi despacho esta tarde y ya vio los documentos.

Teresa se puso pálida.

—¿Qué vas a hacer?

Javier tardó un instante en responder.

—Lo que debí hacer desde el principio. Voy a entregar el expediente completo a un abogado independiente.

Daniel levantó la cabeza, sorprendido.

Pero entonces Javier añadió:

—Sin embargo, antes de hacerlo, necesito que me confirmes una cosa. ¿Todavía conservas el documento original que Roberto te pidió firmar después de la venta de Guadalajara?

Teresa dejó caer el teléfono sobre la mesa.

Daniel la miró.

—¿Qué documento?

Su madre comenzó a llorar con desesperación.

—No debía existir.

Lucía se levantó lentamente.

—¿Qué firmaste, Teresa?

La mujer se llevó ambas manos al rostro.

Y cuando finalmente respondió, sus palabras destruyeron la última esperanza de Daniel de que su madre hubiera sido solamente una víctima.

—Firmé un documento en el que aceptaba que Elena había renunciado voluntariamente a sus derechos sobre la propiedad.

Daniel sintió que el pecho se le cerraba.

—¿Y sabías que era mentira?

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Teresa no respondió.

Pero el silencio de aquella mujer confirmó que la historia de su familia era mucho más oscura de lo que cualquiera de ellos había imaginado.

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